Animal de compañía

Recuerdo a James Stevens, aquel sirviente servil, metódico y puntilloso, que habitaba en la sombra de una mansión donde se pactaba, mejor decir se jugaba, el presente y futuro de Europa en la inminencia de lo que acabaría por ser la Segunda guerra mundial. Me refiero a Lo que queda del día (The Remains of the Day, 1993). En ella había un detalle que mostraba la extrema meticulosidad del mayordomo Stevens, al que daba cuerpo con mínimos gestos Anthony Hopkins; es el instante en que se azoraba al comprobar que su señor, al que daba presencia el imponente y malogrado Chistopher Reeve osaba mirar al trasluz la cucharilla del té, como si sospechara que no estaba lo suficientemente limpia. Aquel gesto inconsciente y al que nadie daba importancia señalaba el fracaso personal de James Stevens. Su perfección no era tal, su invisibilidad solo era una máscara.

Carter Page III, protagonista de The Walker (Paul Schrader, 2008) es otra máscara. En su perfección como acompañante de lengua cortante, de cotilla, de sonsacador de informaciones, se encuentra el cuerpo de un espléndido Woody Harrelson. Paul Schrader sabe que este walker es otra máscara, y no tarda en evidenciarlo ante el espectador, al mostrar que la perfecta cabellera de Carter no es sino una perfecta peluca. Pero Carter no está solo; las mujeres a las que acompaña en sus juegos de cartas lo son en mayor medida pues carecen de principios, solo juegan a las cartas como si en ese juego estuviera contenida la realidad de sus vidas. Carter parece jugar al mismo juego que las acaudaladas damas unidas maritalmente a políticos estadounidenses de la era Bush, pero Schrader lo ayudará porque está ajeno a esta real politik, le hará pasar su propio calvario para mostrar que no carece de principios y que los mantiene hasta el final, conjugando su perfecta profesionalidad con su templanza, haciendo del servilismo una forma de arte. Aunque tardemos en averiguarlo, estamos en una película de barrocos interiores, no habitamos el siglo XIX sino el XXI, en plena guerra entre Estados Unidos e Irak. Por eso, Carter vive fuera de época. Levita en un tiempo que no le corresponde, es un perfecto animal de compañía, siempre acompaña y nunca molesta, como la sombra. O, como afirma el propio Carter, no puede ser desleal ni deshonesto, es un animal fiel, añado yo.

En la filmografía de Paul Schrader, The Walker se sitúa como una extrañeza del siglo XXI; es su primera película que además de dirigir, escribe y, por tanto, aparecen con facilidad muchas de las marcas que componen la precisa filmografía de un cineasta cautivado por la culpa, la caída y la redención. Por eso, es fácil vislumbrar, y así lo remarca el director en la excelente entrevista que se añade como necesario complemento a la edición en dvd de esta película, ausente de las salas comerciales, que Carter Page III es una prolongación, treinta años después, de Julian, el protagonista de American Gigolo (1980), que utilizaba su cuerpo para satisfacer a las mujeres y, en busca de su posible redención, expiaba una culpa que no era suya. Carter no utiliza su cuerpo sino que se sabe lenguaraz y utiliza ese atrevimiento para demostrar que sabe antes que nadie ciertos chascarrillos que rodean la corte capitalina, cercana al poder de Washington, en la que viven las acompañantes de Carter. Lo que sí aprende a lo largo del metraje es que esa entrada es la que le permiten al bufón, que nos hace reír mientras no se extralimite, no se crea con otros derechos; le gustaría conocer toda la historia, pero solo accede a conocer una parte, que es la que revela a sus acompañantes.

The Walker mantiene las coordenadas precisas de su autor, el modo de encuadrar a sus personajes a los que poco a poco ahoga con la cámara; algunos tratan de huir de la posible culpa por un crimen, pero Carter podrá demostrar que está por encima de dicha gentuza y a él le dedicará los finales planos de la película, alejados de cualquier tensión. Si acaso lo que perjudica en demasía esta película es el completo artificio y banalidad en el retrato que hace Schrader del grupo de mujeres (Kristin Scott Thomas, Lauren Bacall entre otras); ninguna de ellas tiene un momento de cierta dignidad que muestre algo más que la representación a la que asisten día tras día, pero lo que acaban mostrando son brochazos de superficialidad que tapan muros pero revelan, en su ausencia de detalles, las grietas. Y al final lo que sucede es que la banalidad se apodera del conjunto y cuando aparecen los mass media para desacreditar a Carter, suena a redicho, como si de verdad fuera del siglo XIX, como si estuviéramos en La edad de la inocencia (The Age of Innocence, Martin Scorsese, 1993) y Carter fuera la condesa Olenska.