Chris Marker fue un cineasta que vivió en la Biblioteca de Babel (1941) diseñada por Borges y cuya cabeza funcionaba a base de enlaces e hipertextos. Él mismo fue un holograma y un wallpaper en forma de gato. Cada vez necesitó a menos personas para rodar sus películas, siempre mantuvo la intuición para acercarse, descubrir y trabajar con nuevas tecnologías. No en vano para Level Five apenas necesitó algo más que un Apple Power Macintosh 8100 y el uso de Adobe Photoshop y el HyperStudio. Su siguiente obra sería Immemory (1998), un cd-rom en el que incluía parcelas de su vida cuyas conexiones las realizaba el propio espectador, al igual que ya había imaginado, otra vez Borges, en Tlon, Uqbar, Orbis Tertius (1940).

George Sadoul escribió en 1963: “Chris Marker no se llama en verdad Christian, ni su apellido es Marker, y tan difícil resulta averiguar su nombre verdadero, como determinar su fecha de nacimiento, quizá fue en 1921 (¡al menos no cabe duda de que fue un 22 de julio!), tal vez en Garenne-Colombes, en Pekín, en la Isla de los Monjes (en el golfo de Morbihan), o en Ulan Bator (Mongolia). Rechaza por principio las entrevistas, no se deja fotografiar…”. Parece ser que ni siquiera nació el 22 de julio. Es probable que el 29 de julio de 2012, día de su muerte, no fuera tal, sino su inmersión en otro espacio, quizá entrara por fin en Immemory para seguir creando desde allí.

Level Five es un estupendo reflejo de lo que es Marker, un cineasta tan a contracorriente que acababa por ir siempre delante de todos. En su primer nivel la película de Marker es un trabajo de reconstrucción y de ensayo sobre la batalla de Okinawa (que sucedió entre el 1 de abril y el 21 de junio de 1945), la más sangrienta de la Segunda Guerra Mundial. Pero Marker lo presenta en un formato de videojuego diseñado como regalo para una mujer de nombre Laura, regalo inconcluso de su fallecida pareja. Por esa construcción laberíntica se escapa de la reconstrucción de los hechos y Okinawa le sirve para reflexionar sobre las barbaridades que hemos cometido en ese siglo —no hay que olvidar que el alma de la película colectiva Loin du Vietnam (1967) fue él, aunque no firmara directamente ninguno de los trabajos que dirigieron Claude Lelouch, Agnès Varda, Jean-Luc Godard, Chris Marker, Alain Resnais, Joris Ivens, William Klein— y para redefinir los parámetros de la Historia como ese conflicto en el que uno trata de aprender todo lo sucedido en el pasado para no repetirlo y que resulta quimérico. Por eso, Marker ensaya a jugar con la Historia y a divertirse con el abanico genérico sin necesidad de aceptar la realidad de la imágenes sino la aceptación de su volatilidad y su cubo de significados.

Porque son tan (ir)reales las imágenes de archivo como el texto que implica al espectador, como lo fueron la emblemática fotografía de la toma de Iwo Jima, que sería la base de Banderas de nuestros padres (Clint Eastwood, 2006), como la confesión de Shigaiki Finjo quien, inducido por los altos mandos militares japoneses, convenció a su madre de que se quitara la vida para preservar su honor ante las atrocidades que harían con ella los soldados estadounidenses y, junto a su hermano, asesinó a sus hermanos pequeños, suceso, por otra parte, que no fue único. Es el conjunto —esa agrupación de conductos que muestra Marker a través de un menú contextual de ese juego llamado Okinawa, como si estuviéramos en esa reconstrucción de la batalla, en un cd-rom o en el menú de un juego interactivo— donde acaba reflejado cierto espíritu que refleja otro nivel, esa sensación de que quizá nada de lo mostrado es real pero sí es verídico su conjunto. Es en ese nivel en el que Marker se encuentra a gusto.

Conviene también desvelar el regusto de Marker por los artificios, por el misterio, con ese placer de llamar a su protagonista Laura, en honor a la película de Otto Preminger, pero también invocando algo más que una cinefilia, el placer de envolver en el misterio cada plano, cada corte, cada imagen, cada palabra. Y con ello invocar el horror, en términos conradianos, que inhala el espectador ante la visión de Level Five. No es lo mismo leer la entrada de Okinawa en la wikipedia que sobrevivir a Level Five. Y es que los efectos secundarios pueden ser los de una de las referencias markerianas, la película de John Huston Let There Be Light (1946), prohibida durante 35 años y caldo de cultivo de The Master (2013), cuando muestra a un soldado amnésico tras haber estado en Okinawa. El horror no se puede sobrellevar.