A lo largo de la pasada década, la obra como guionista de Charlie Kaufman ejerció una enorme influencia sobre ciertos directores, muchos guionistas y un buen número de espectadores para los que ir a ver una película estadounidense no significaba solo ir acompañado de palomitas. Había algo más en sus guiones; parecían tan claros representantes de una forma de pensar que, en numerosas ocasiones, parecía que sus directores solo estaban para recoger ese caldo de cultivo en forma de letra impresa. Por poner un ejemplo clarividente, es como si un guión firmado por Woody Allen no lo dirigiera él. Spike Jonze —Como se John Malkovich (1999), Adaptation (El ladrón de orquídeas) (2002)— Michel Gondry —Human Nature (2001), ¡Olvídate de mí! (2004), incluso el propio George Clooney en su debut como director, Confesiones de una mente peligrosa (2002), parecían ser meros ilustradores de las obsesiones de Kaufman. 

Resultaba evidente que tan aclamado y personal guionista tenía que dirigir y, sin duda, tenía que ser sobre un guion suyo que fuera, si cabe, un poco más allá de lo que había explorado en sus anteriores trabajos. Así nació Synecdoche, New York. El éxito siempre es efímero y, a pesar de haberse estrenado en el festival de Cannes, su estreno en Estados Unidos fue casi invisible, y en España ni siquiera llegó a hacerlo. Hemos tenido que esperar a que Avalon la edite en dvd.

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Ego

Aunque los personajes principales de sus guiones son cinematográficamente poco atractivos, hay una super primera persona en cada trabajo como guionista y ahora como director. Sus protagonistas son seres endebles, llenos de dudas, incluso alterados psicológicamente. Pero la diferencia entre sus anteriores personajes y el protagonista de ésta es que, más allá de influencias de Freud, como aparecían en ¡Olvídate de mí!, es Lacan quien toma el rostro de Kaufman. Lo real, lo imaginario y lo simbólico forman al protagonista de la película, Caden Cotard (Philip Seymour Hofman). Esos tres conceptos se cruzan y forman la arquitectura de una película apabullante, desoladora, a veces incluso poco comprensible. Pero esto último no es el mayor problema de la película; este inicio de siglo es el de aquellas películas que hay que ver dos veces, como mínimo, para comprenderlas y disfrutarlas, y la película de Kaufman no se escapa del axioma. En cuanto a la forma, el mayor pero de Synecdoche, New York es que es muy poco atractiva visualmente, demasiado monocorde, demasiado plana en cuanto a las numerosas posibilidades que ofrece una cámara en un decorado, sobre todo si lo comparamos con la imaginación visual de Spike Jonze y, sobre todo, Michel Gondry.

El relato, en primera instancia, desarrolla a un escritor y director de teatro Caden Cotard, quien tras un éxito teatral sufre una crisis personal, acompañada del abandono de la esposa y de la hija, que se van a residir a Alemania. En solitario, comienza a escribir una nueva obra, la vida creada por su imaginación y la creada por la imaginación de su propia imaginación. Puro palimpsesto en donde un gran almacén acaba representando la ciudad de Nueva York.

Sinécdoque

El propio título de la película remite a esa totalidad que pretende abarcar. Y no es en vano, pues Kaufman cita en su película directamente a Kafka y a Dostoievski, e indirectamente a James Joyce y su Ulises.

Efectivamente hay una ambición, que es la de retratar la parte por el todo en una persona, retratar al artista como reflejo de la humanidad. Pero ¿existe la misma ambición y logro en Kaufman al querer representar en una nave industrial toda la vida de la ciudad de Nueva York? No, a Kaufman no le interesa especialmente Manhattan Transfer. Por eso Nueva York es un símbolo, para nada una realidad, si acaso la única realidad geográfica que aparece en Synecdoche, New York es esa población neoyorkina, llamada Schenectady, que aparece en los periódicos que ojea Caden al principio de la película.

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Y esa indefinición, no saber bien qué pretende, qué quiere el director, es el mayor defecto de una película a ratos admirable, muchas veces imprecisa y la mayoría de las veces, tan confusa como ciertos textos estructuralistas. Por eso, no funciona como un reloj electrónico sino como un reloj a cuerda. La película avanza a golpe de retruécano que solo rige en la cabeza de Caden, en la cabeza del émulo de Caden (interpretado por Stanley Krajewski), quien se suicida después de hacer notar al autor Caden, que nunca ha mirado a su alrededor, a los que le rodean, sino que solo se mira él mismo, o bien en su sustituta, Millicent Weems (Dianne Weist), quien en una verdadera vuelta de tuerca, abandona su personaje hasta entonces, Ellen Bascomb, para interpretar a quien hizo de Caden. Y, por encima de todos, el autor.

La vida: instrucciones de uso

Synecdoche, New York habla de las dificultades de escribir, como lo hacía Adaptation, pero su protagonista recuerda más a Barton Fink; en ambas su protagonista busca las reglas sobre cómo vivir con los errores del pasado, ante la imposibilidad de revertirlos, como sí sucedía en las películas dirigidas por Gondry y con guión de Kaufman. Aquí no buceamos temporalmente en ninguna mente. John Malkovich está completamente ausente.

Sin duda la novela de Georges Perec resuena en las imágenes de la película, pero Kaufman desaprovecha muchas de las posibilidades que le ofrecía ese work in progress en el que parece trabajar, un guión que parece ser infinito, un protagonista para el que el tiempo lo es y, por tanto no existe, una obra que es tan larga como la vida misma. Su película contiene muchos personajes, pero casi ninguno desarrollado. Casi toda la trama gira en torno a Caden Cotard, un apellido que remite al síndrome de Cotard, que hace del enfermo un fantasma, alguien que no concibe el tiempo y que, por tanto, niega el mismo a los que están a su alrededor (a veces señala que su hija tiene cuatro años, cuando son once; diecisiete años lleva preparando la obra, ensayando, y no hay final). Pero la sensación final es que no hay un retrato coral, ni un retrato de una ciudad, sino que todo acaba siendo la sinécdoque de Caden, la sinécdoque de Kaufman, Schenectady.

Es decir, la misma obra que escribe Caden es una representación mortecina de la realidad. Cuando los personajes se desdoblan, y el eje deja de ser Caden, lo que vemos son zombis, suplantadores. Quizá por ello, el final de la misma es la voz de Dianne Weist, diciéndole a Caden: Muere.