Ahora que la muerte de Peter O’Toole es reciente y antes de que sufra el ostracismo al que pasan los actores, conocidos y reconocidos mientras viven y trabajan, invisibles desde su deceso, es buen momento para reafirmar que Peter O’Toole fue mucho más que Shakespeare en teatro y que T. E. Lawrence o lord Jim en cine. Diez años después de la epopeya de David Lean, O’Toole interpretó al hombre de la Mancha, por la que cobró una buena cantidad de libras, quedando pendiente una segunda película con la misma compañía, por la que no cobraría. La elegida fue la adaptación de la corrosiva obra de teatro de Peter Barnes The Ruling Class.

Pocas veces una película me ha sorprendido por completo, y me ha mantenido desconcertado durante su metraje. Cuando disfruté por primera vez de La clase dirigente (The Ruling Class, 1972) pensé que una película así, difícilmente se produciría ahora. Cuando la volví a ver, ya sin la sorpresa inicial y los asombrosos giros narrativos que contenía, la disfruté de otra manera. Vislumbré la carga sarcástica que contenía bajo la apariencia de una comedia musical, pero además descubrí con asombro cómo las dos horas y media de metraje se desarrollaban casi en su totalidad en un escenario que mutaba dramáticamente dependiendo de los sucesos que retrataba la obra teatral de Barnes y que dirigía con enorme habilidad Peter Medak, quien después de ésta dirigiría la aterradora Al final de la escalera (The Changeling, 1980).

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Para darse cuenta de la cantidad de improperios con los que se retrataba a la clase dirigente británica, conviene reseñar de qué va la película dirigida por Peter Medak. La clase dirigente (The Ruling Class, 1972) comienza con la muerte accidental de un honorable miembro de la Cámara de los Lores. Accidental sí, aunque riesgosa, en la búsqueda de ese supremo placer que debe de ofrecer subirse a una silla, anudarse un soga al cuello, introducir la cabeza en una bolsa, dejar que el oxígeno se convierta en dióxido de carbono y… que por desgracia la silla se tambalee hacia un lado cayendo y dejando al noble más jodido que placido.

El heredero único es Jack, un joven con hábitos monacales que se cree la reencarnación de Jesucristo y al que, evidentemente, nadie de los que le rodea aprecia. Bastardo inmoral que cree que los bienes materiales se deben repartir entre los necesitados. Mujeres como anzuelos que nada conseguirán le acechan para que vuelva a la recta línea de su clase, que no es otra que aglutinar y solo dar limosna, pero nada cambiar. Empeñado en que los propietarios cohabiten con los ancestrales propietarios, canta y danza hasta que llega un brujo contratado por la ruling class como último recurso quien, literalmente, se batirá en duelo de rayos y conseguirá, por fin, que el toro vuelva al redil, que se olvide de repartir y, por fin, sea un digno habitante de la cavernal Cámara de Los Lores, un honorable heredero de su padre, incluidos pequeños caprichos de la sangre azul de los privilegiados, como cohabitar con prostitutas a las que poder destripar sin pudor. Privilegios de la clase dirigente.

Con tan estrafalaria trama, Peter Medak imprime un mordaz ritmo vodevilesco, con tintes cabareteros —a veces parece una sucesión de escenas travestidas de travesuras— y saca enorme partido de un Peter O’Toole majestuoso, divertido, excéntrico, construyendo una sátira lo suficientemente punzante como para que la película no se estrenara en el Reino Unido. 

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Lo anterior sirve para 1972. Más de cuarenta años después uno puede perfectamente trasladar esa situación hacia la rancia clase política de estos lares y, descubrir sin sorpresa que esa clase dirigente vive para los mismos, para ellos, y que solo el prójimo les interesa cada cuatro años mientras a diario, únicamente son interesantes como un número para recaudar dinero a través de impuestos, cómo no, indirectos, para que todo paguemos por igual. El ínclito ministro de Economía que padecemos ya lo afirmó, despreciando a las personas: “¡El Partido Popular volverá a ganar las elecciones. Los mercados no son gilipollas!”. Ya nadie podrá decir que nuestro voto vale algo, siquiera un voto. 

La clase dirigente no rehúye su carácter teatral. Un escenario, cambios de luces, artificiosidad en el maquillaje, canciones, escaso uso del espacio en off, característica que han mantenido muchos musicales. Lo curioso es que esa artificiosidad que parece retrotraer a décadas atrás, huyendo del realismo, lo convierte en una especie de ovni capaz de apuntar a muchos sitios, disparar, con la seguridad de que algún acierto habrá. En tiempos de completo descrédito político y donde la religión católica sigue campando a sus anchas, La clase dirigente apunta aquello que todos saben y pocos mentan, que unos pocos mandan y se saben la clase dirigente.