El pasado jueves 4 de noviembre saltaba la noticia. Se suspendía, por orden judicial, el pase de la película A Serbian Film (Srpski film, Srdjan Spasojevic, 2010), integrante de  la XXI Semana de Cine Fantástico y de Terror de Donostia, que debía proyectarse esa misma noche. La polémica decisión del juzgado se fundamentaba en que la cinta podría estar incurriendo en un delito contra la libertad sexual. A lo largo de esa noche, un grupo de espectadores reunidos frente al Teatro principal, en que debía haber tenido lugar la proyección, decidían otorgar un galardón extraordinario en contra de la censura. Con lo que un filme no exhibido en el certamen se alzaba con un premio, convertido en una suerte de símbolo a favor de la libertad de expresión, mientras la película de Christopher Smith, Black Death (2010),  que ganaba el premio más importante, al igual que el resto de cintas proyectadas quedaban en segundo plano. La controversia ya estaba servida. Durante las siguientes jornadas diferentes voces se alzaban, empezando por la de los propios responsables de la muestra, en contra de este controvertido auto judicial, reclamando la libertad de expresión y condenando un acto de censura en toda regla.  Apenas dos días después, el festival de Molins de Rei, decidía también suspender el pase previsto de la cinta y en apenas un fin de semana una oscura producción serbia se convertía en uno de las realizaciones más comentadas de los últimos tiempos. A Serbian Film ya fue uno de los trabajos más destacados en el último Festival de Sitges, por sus cruentas imágenes de sexo y violencia.

La ineludible cuestión de todo este asunto se encuentra por supuesto en la vulneración de la libertad de expresión. ¿Hasta que punto un juzgado puede decretar un auto que impida la exhibición de una obra de ficción en el transcurso de un certamen cinematográfico? En la memoria de todos los aficionados todavía continua la lamentable decisión del cada vez más inefable Ministerio de cultura de calificar de pornográfica la sexta entrega de la saga Saw. Circunstancia que impedía a la nueva aventura del psicópata Jigsaw acceder a los cines comerciales, siendo relegada a las salas X. Finalmente, hace apenas unas semanas, previos recortes de los momentos más duros, la cinta se estrenaba entre nosotros, entre la más absoluta indiferencia. Para entonces, convertida en una de las películas más descargadas de internet, el espectador ya se había cansado de una secuela idéntica al resto de la saga. ¿Qué criterios fueron los que siguió el gabinete que consideró X una nueva aventura de una saga calcada a si misma, y que había permitido que cinco filmes anteriores pudieran estrenarse sin mayor problema o repercusión? ¿Por qué considerar Saw VI (Kevin Greutert, 2009) una incitación a la violencia y no la segunda, la tercera o la cuarta parte que fueron calificadas como «no recomendada a menores de 18 años»? Una vez más, las indignadas voces de diversos sectores de la industria y la sociedad no tardaron en hacerse oír, sancionando una decisión tan ridícula como inapropiada.

Nuestro país, lamentablemente, sabe y mucho de prohibiciones y censura. Durante la oscura dictadura franquista innumerables obras fueron condenadas o adulteradas (el cinéfilo jamás podrá olvidar las delirantes alteraciones que trabajos como Mogambo (John Ford, 1953) o El seductor (The Beguiled, Don Siegel, 1971) sufrieron), mientras que fundamentales realizadores de la historia del cine, como Ingmar Bergman o Federico Fellini, apenas conseguían llegar hasta nuestras fronteras. Aún con una sonrisa recordamos a los miles de españolitos que viajaban a Perpiñán a principios de los años setenta para ver el culo de Maria Schneider sin entender, ni plantearse, una palabra del complejo y desencantado discurso de la magistral El último tango en París (Ultimo tango a Parigi, Bernardo Bertolucci, 1972), que nunca hubiera pasado el mediocre comité de censura. Fuera de nuestro país, dos trabajos de Stanley Kubrick tan importantes como La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1971) o Senderos de gloria (Paths of Glory, 1957) estuvieron prohibidos durante años en Inglaterra y Francia respectivamente. En toda la historia del arte, la censura y la calumnia han sido compañeras de muchas obras que hoy consideramos imprescindibles para entender la evolución de las diferentes disciplinas a las que pertenecen. Ahora bien, si repasamos rápidamente muchos de los títulos que a lo largo de la historia del cine han estado prohibidos o han sido cortados, ya sea en nuestro país o en cualquier parte del mundo, encontraremos en la mayoría de las ocasiones una serie de denominadores comunes. Miradas sociales, políticas, sexuales, morales han sido perseguidas y castigadas durante décadas.

En pleno siglo XXI, ¿qué queda de esas miradas comprometidas, subversivas y consecuentes?, ¿puede existir alguna relación entre un película prohibida de Bergman o Pier Paolo Pasolini y una realización tan impresentable como A Serbian Film? El debate en realidad es complejo. ¿Vale la pena prestar un mínimo de atención a la suspensión del pase de una película que ni siquiera debería ser considerada como tal? ¿Por qué rasgarse las vestiduras porque no se exhibe una auténtica basura? La trampa es evidente, ¿quién pude discernir qué merece ser proyectado y que no? Pero la trampa aún va más lejos, ¿en el año 2010 alguien tiene la potestad para determinar esta cuestión o no? La condena de una obra de ficción a estas alturas es tan ridícula como impresentable y la existencia de organismos o sujetos que desde una hipotética situación de superioridad moral o intelectual puedan dictaminar que podemos visionar o no es, con franqueza, peligrosa. Sin embargo la censura, en los últimos tiempos, de dos filmes como Saw VI y A Serbian Film y el eco surgido a nivel popular nos ofrecen una imagen bastante significativa. Estos trabajos que nunca hubieran alcanzado ni un ápice de  popularidad, después de la intervención estatal han adquirido rápidamente la categoría de culto, tornándose en el centro de muchas conversaciones y debates. Hace también pocos días saltaba la controversia con unas declaraciones del supuesto literato místico Fernando Sánchez Dragó, recogidas en su último libro, firmado junto al eternamente sobrevalorado Albert Boadella, en las que afirmaba haber mantenido sexo con unas menores durante un viaje a Tokio, en el año 67. En un país caracterizado por una cinematografía mediocre, con cada vez más insuficiencias culturales, con una plantilla de artistas (cantantes, escritores o cineastas) oficialistas a cual más mediocre, parece que sólo sabemos centrarnos en superficialidades y sucesos poco serios, ¿de verdad nos inquieta la nueva divagación escandalosa de un polemista del hipócrita programa televisivo La noria?. Por supuesto la censura sufrida por una película violenta, o la presunta (y más bien cogida con pinzas) exaltación de la pederastia, son preocupantes, pero en un panorama cultural como el que nos rodea no dejan de ser poco más que un par de anécdotas. Retomando la cuestión principal, ¿debe verdaderamente inquietarnos la cuestión A Serbian Film? ¿Significa algo más fuera de lo anecdótico? ¿De alguna manera podemos relacionar la censura que se ha cebado con el filme del anónimo Srdjan Spasojevic con la sufrida hace décadas por cualquier realización de Luis Buñuel? No vamos a caer, evidentemente, en hablar de arte de primera y segunda o autores respetables y otros a desdeñar. Pero el hecho no es comparable. Las supuestas apologías a la violencia y la crueldad de Saw VI y A Serbian Film me parecen argumentos, siendo francos, estúpidos. La realización sobre la que se ha creado la discusión no es más que un bodrio truculento, plagado de mal gusto, que ni siquiera es capaz de ser consecuente con su presunta propuesta y llegar tan lejos como pretende. Es cinematográficamente tan insostenible como la supuesta dureza de su planteamiento. No es más que un catálogo de situaciones grotescas, llenas de cobardía y conservadurismo. En realidad, es muy curioso, visionar un filme sobre cine pornográfico y snuff movies sin que nos muestren el plano de una penetración o una felación frontal. La secuencia más comentada, sin ir más lejos, aquella en que el protagonista ve una grabación en la que un individuo viola a un bebé recién nacido es tan caricaturesca e inconsistente que no significa absolutamente nada. Sin embargo, no será este humilde cronista quien juzgue el contenido de esta película (otro cantar serán ya sus pretendidos valores fílmicos), de igual forma que un juez no es nadie (apoyándose en la queja realizada en un juzgado de Cataluña realizada por esos simpáticos salvadores del mundo que creen ser los integrantes de la Confederación Católica de Padres de Familia y Padres de Alumnos, Concapa), para decidir qué está bien o mal que un espectador vea. A Serbian Film, en realidad, no es más que una enorme nadería que se hubiera quedado en el más absoluto ostracismo si no hubiera tenido la brutal campaña de publicidad que ha sido esta descabellada suspensión cautelar. Cabe plantearse, entonces, si estás prohibiciones tan sólo benefician a este tipo de realizaciones, lejos de perjudicarlas como puede parecer a simple vista. De pronto, un país como el nuestro que cada vez va más a la deriva, que carga con unos organismos oficiales que poco tienen que ver con la realidad, en pleno ataque de conservadurismo y reaccionarismo no tiene una idea más brillante que ponerse en plan censor y prohibir la exhibición de dos mamarrachadas, sin plantearse que ya va siendo hora de empezar a hablar en serio. Ver para creer, nuestro país…