Un determinado mínimo de voluntad de obediencia es esencial en toda relación de autoridad.

Max Weber

I

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La noche del 2 de mayo de 2011, un comando de fuerzas especiales del ejército norteamericano daba caza y muerte a Osama Bin Laden. Con esta operación concluía de forma implícita la Guerra contra el Terror declarada por George W. Bush pocos días después de los ataques del 11-S. Además de suponer un costosísimo esfuerzo bélico que aún continúa, el conflicto hizo que EEUU —y por ende el resto del mundo— entrara en una época de excepcionalidad en la que la paranoia y el miedo hicieron retroceder las libertades individuales hasta niveles propios de un estado totalitario, todo ello en aras de garantizar una sacrosanta seguridad. El espionaje y la detención indefinida de ciudadanos propios y ajenos se aceptó y se toleró como un mal menor, como un demonio necesario que aseguraba que ningún ataque terrorista más mancillaría el suelo norteamericano.

Mucho queda aún por escribir sobre esta enorme sombra, sobre esta oscuridad que ha cubierto Occidente durante los primeros años de este siglo. Mucho también puede contarse sobre cómo este zeitgeist se ha visto reflejado en la cultura popular y, por descontado, en el cine. Dejando a un lado las películas referidas directamente a distintos aspectos de la Guerra contra el Terror, otras producciones en apariencia tangenciales al tema como La guerra de los mundos (War of the Worlds. Steven Spielberg, 2005), Monstruoso (Cloverfield. Matt Reeves, 2008) o El hombre de acero (Man of Steel. Zack Snyder, 2013) jalonan casi una década de cine que repite y recrea las imágenes más traumáticas de aquel día de septiembre de 2001: grupos de urbanitas que corren desesperadamente para salvar sus vidas mientras esquivan rascacielos tambaleantes y nubes de polvo.

Lo que es seguro es que entre las ruinas de esa era —la de las tropas ocupando tierras lejanas, los fastidiosos controles aeroportuarios y el intenso espionaje de comunicaciones— la cultura popular está empezando a hacer evaluación y cuenta nueva. Quizá sea aventurado decir que en este momento ya nos ofrece soluciones al monumental lío en el que nos hemos metido como civilización. Pero, al menos, sí apela a cancelar el Apocalipsis. El cine en concreto, está empezando a poner punto y aparte a esa época de congoja y docilidad global.

Dos películas que no podrían ser más antitéticas en sus medios y formas de producción coinciden en señalarnos este nuevo estado de ánimo cultural: Compliance (Craig Zobel, 2012) y Iron Man 3 (íd., Shane Black, 2012). Que una película independiente y una superproducción avant la lettre contengan, cada una a su manera, las semillas de esta nueva mirada, habla de la generalidad del proceso de revisión del pasado reciente que ambas abanderan.

II

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Compliance, aún por estrenar en las salas comerciales españolas, dramatiza los sucesos ocurridos a partir de una serie de llamadas telefónicas fraudulentas hechas a establecimientos de comida rápida estadounidenses entre 1992 y 2004. Un supuesto agente de policía llamaba a franquicias de cadenas de hamburgueserías y pedía al responsable del local que detuviera y registrara a una de las cajeras bajo el pretexto de que esta había robado a un cliente. El tono de voz autoritario y asertivo, el sabio manejo del vocabulario y la información hacían que encargados de estos restaurantes creyeran en la autenticidad de estas llamadas. La voz les conminaba luego a desnudar y registrar hasta la ultima cavidad corporal de las aterrorizadas empleadas en busca de ese inexistente dinero robado. Siguiendo instrucciones, los responsables de estos establecimientos “forzaban” a las cajeras a colocarse en posturas denigrantes y en algunos casos incluso a que realizaran con ellos actos sexuales. Nótense las comillas en la frase anterior: Se trataba en todos los casos de una simple llamada, una mera voz que usando amenazas de represalias legales y policiales conseguía de sus víctimas la comisión y aceptación de estas vejaciones.

Como en el caso del asesino del Zodiaco, la policía detuvo en 2004 a un más que probable culpable que luego fue absuelto, pues, el que las llamadas se efectuaran usando tarjetas telefónicas de las que se compran en supermercados, impidió su asociación directa con ellas. El caso sin embargo tuvo el suficiente impacto social como para inspirar un capítulo de Ley y Orden: Unidad Especial de Victimas (NBC, 1999- ) en el que Robin Williams encarnaba al autor de las llamadas transformado en una especie de mente criminal maestra, en un demiurgo empeñado en demostrar las flaquezas de un sistema económico y social injusto.

Es cierto que la versión de los hechos que ofrece Compliance subraya la precariedad laboral y la consiguiente vulnerabilidad del trabajador, factores que sin duda propiciaron una sumisión en apariencia tan imposible de conseguir. Ese mínimo de obediencia que es condición necesaria para la dominación. No en vano, en los primeros instantes del film vemos a la encargada de la hamburguesería, la que después impondrá las órdenes dadas por la voz a la cajera víctima de los abusos, siendo abroncada por su superior.

Pero Compliance aborda de forma implícita otras cuestiones aún más interesantes. La obediencia y la docilidad con la que la responsable el establecimiento lleva a cabo las instrucciones que la voz le proporciona retratan también una sociedad servil y asustada. El mérito de la película de Zobel consiste en ir construyendo una angustia gradual y asfixiante según vemos lo impensable desarrollarse ante nuestros ojos. Su propósito es precisamente ese. Asomarnos a la trastienda de esa hamburguesería donde ocurrió el horror, un horror que puede pensarse doméstico y estúpido, pero que representado y rodado a día de hoy, con la perspectiva que concede el paso del tiempo, nos habla también del secuestro sufrido por un país entero.

No resulta accesorio recordar que mientras ocurrían los hechos relatados en Compliance, a miles de kilómetros de distancia, soldados estadounidenses abusaban y humillaban a prisioneros iraquíes en la prisión de Abu Ghraib. Les hacían desnudarse y estar de pie durante horas, esposados en posturas imposibles. Les obligaban a arrastrarse por el suelo, a formar “pirámides humanas”, a golpearse la cabeza contra una puerta o masturbarse en público. Como mostraba el documental Standard Operating Procedure (Errol Morris, 2008) todos esos soldados adolescentes esgrimían razones convincentes para dejar de lado cualquier distinción moral y tratar a sus prisioneros como ganado.

Siempre existe una razón: Porque soy una persona de orden, porque no me gusta enemistarme con nadie, porque estaba enamorada de un mal hombre. Los abusos que ciudadanos normales cometían con indefensas cajeras, impelidos por las instrucciones telefónicas de un presunto policía, no tenían un origen muy distinto a las aberraciones que estos soldados ejercían en una cárcel al otro lado del mundo. Aunque solo sea fugazmente, es importante mencionar que estas formas extremas de obediencia y abuso de autoridad fueron el objeto de dos importantísimos experimentos en psicología social: El Experimento de Milgram (1961-62) y el Experimento de la Cárcel de Stanford (1971). No es casual que en el mencionado episodio de Ley y Orden, el autor de las llamadas se haga pasar por un tal Inspector Milgram.

III

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En su seminal trabajo Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal (1967), la pensadora Hannah Arendt estudiaba la ambigua e irracional posición moral de un individuo cuya profesión de 9 a 5 consistía en gestionar y racionalizar el horror. El teniente coronel de las SS Karl Adolf Eichmann administraba el Holocausto sin pensarlo demasiado, a diario, simple y llanamente porque nadie parecía cuestionarlo. Obedecía, como decía Max Weber en Economía y Sociedad (1922), a una «ordenación impersonal» que le había otorgado «una competencia limitada, racional y objetiva». Lo que Arendt demostró a partir del Caso Eichmann era que un ser humano puede dejar de discernir el bien del mal cuando se encuentra en minoría, cuando una fuerza mayor o simplemente mayoritaria determina lo que es correcto.

El segundo y provocador apunte de Arendt que, como ilustra el reciente biopic sobre ella Hannah Arendt (íd., Margarethe von Trotta, 2012), le granjeó la furia de muchos de los suyos, fue el de la cooperación de los judíos en el desarrollo de la solución final. Hasta ya comenzada la guerra, sometidos a un entorno hostil, muchos líderes de comunidades hebreas en Alemania creyeron que lo mejor era acomodarse a las políticas nazis y confiar en que la negociación con los dirigentes del Reich minimizaría el conflicto racial. Esta política de apaciguamiento, por supuesto, resultó inútil y hasta contraproducente. Pero ambas observaciones, que la moralidad humana es contingente a la forma en que se administra y que una víctima puede obedecer voluntariamente a la autoridad del verdugo, eran y aún siguen resultándonos muy incomodas.

Por eso no son sorprendentes las reacciones de los espectadores de Compliance y los comentarios que esta suscitó en Internet. No fueron pocos los que abandonaron las salas de proyección, algunos asqueados por la angustia que les producía sus imágenes, otros por encontrarla inverosímil por mucho que estuviera basada en hechos reales. Algunos comentaristas incluso argumentaban que sólo los norteamericanos podían hacer caso a semejantes bromas telefónicas, porque «todos sabemos que son tontos y se creen cualquier cosa». Reacciones simplificadoras en definitiva, como las de los que se quejan de que los protagonistas de una película de zombis no se defiendan adecuadamente. Reacciones que pretenden en el fondo alejar el desagrado visceral que provoca el dolor de los demás. Y es que Compliance posee la virtud de abrirnos los ojos ante unos hechos que abren una sima en nuestras certidumbres morales, una sima que sin embargo resultaba inaceptable para muchos en plena Guerra contra el Terror.

IV

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En el otro lado aparente del espectro, se ubica el espectáculo multimillonario y jocoso de Iron Man 3. Quizá la mejor entrega de la trilogía sobre hombre de hierro, la película dirigida por Shane Black contiene un gran número de elementos de interés. Uno de ellos es su demostración, que también aparecía en Los Vengadores (The Avengers. Joss Whedon, 2012), de que la cooperación es una forma efectiva de hacer frente al mal. En una electrizante secuencia, Tony Stark salva la vida a los pasajeros del Air Force One, que ha explotado en pleno vuelo, pero lo hace coordinándoles para que colaboren entre ellos mientras caen en picado. Iron Man es un héroe que no se limita a detener cacos y ladrones de bancos o a salvar a la chica atada a la vía del tren (más bien sucede al contrario). En este caso, Iron Man no es una mera fantasía de poder individual. Es un héroe que necesita y cuenta con la ayuda de otros.

Otro apunte interesante sobre la naturaleza de Iron Man, como bien argumenta a menudo Don Lindyhomer, es que tampoco se trata de un héroe prometeico, es decir, su propósito no es traer la iluminación, el fuego o un saber superior al mundo. Ese es, de hecho, el rol del villano, el Doctor Killian, que utiliza en sí mismo y en sus víctimas una droga capaz de regenerar los cuerpos y otorgar fuerza sobrehumana al precio —como en todo buen contrato fáustico— de la propia vida. Ese impulso de moderno Prometeo, el de querer salvar al mundo, el de intentar elevarlo de la miseria, la muerte y la ruina, es el mismo que animaba el programa político (al menos el explícito) de George W. Bush y su banda de neo-conservadores: liberar a Afganistán e Irak de sus líderes tiránicos para traerles el fuego sagrado de la democracia. En contraposición mitológica, Tony Stark es un héroe hermético (en el sentido de Hermes), como también lo era por ejemplo el ladrón interpretado por Clive Owen en Plan oculto (Inside Man. Spike Lee, 2006): Un pillo listo, delincuente y mentiroso, que no pretende cambiar el mundo asaltando ningún Palacio de Invierno sino hackear el sistema usando sus propios recursos y mecanismos; es decir, mediante empresas, tecnología puntera, mercados financieros.

La contraposición entre estas dos maneras de transformar el mundo puede verse aún más claramente en Extremis (2005-06), el arco argumental de cómics escrito por Warren Ellis que inspira en gran parte el guión de la película de Shane Black: En sus primeras páginas, un documentalista de izquierdas, un Michael Moore cualquiera, ataca a Stark a propósito de sus turbulentos negocios armamentísticos; este responde al director preguntándole con sorna en qué medida ha logrado hacer del mundo un lugar mejor con sus documentales.

En esa postura de irreverencia contra el estado de las cosas, Iron Man 3 también se toma a cuchufleta los símbolos de esta época reciente de terror y obediencia debida. Tony Stark se mofa de Iron Patriot, la armadura desarrollada por el ejército norteamericano usando su tecnología y que luce las barras y estrellas en su coraza. Porque envolverse en la bandera y enarbolar el adjetivo “patriota” ha sido la manera que los gobiernos norteamericanos han utilizado para hacer aceptable engendros como la Patriot Act, ley por la cual quedaban virtualmente anuladas la privacidad y libertad de movimientos de sus ciudadanos. Aunque sea sobre todo en la revelación de la auténtica identidad del Mandarín donde más descarga Iron Man 3 su sátira contra el sinsentido en que se convirtió la Guerra contra el Terror.

Que El Mandarín tome los rasgos inequívocos de Osama Bin Laden puede provocar sorpresa e incluso enfado en un principio. Pero al mostrarse su verdadera y risible cara se hace evidente, si no lo fuera ya, su rol de Goldstein, aquel hombre de paja contra el que los ciudadanos de Oceania dedicaban sus dos minutos de odio diario en 1984. Marioneta de los intereses de Killian, El Mandarín es la mentira que utiliza para llevar a cabo un golpe de estado implícito que será aceptado y abrazado por una población asustada. Como resultado, la sátira que propone Iron Man 3 es más efectiva, y seguro más entretenida, que la bienintencionada pero inocua crítica directa de la Guerra de Irak que hacía Green Zone: Distrito Protegido (Green Zone. Paul Greengrass, 2010).

V

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Esta desconfianza alcanza incluso a dos héroes eminentemente solares y prometeicos como son el Capitán América y Superman, héroes que en sus formas canónicas han operado en mundos donde el bien y el mal estaban perfectamente definidos (a recordar la icónica imagen del capi pegando un puñetazo al mismísimo Hitler). En el recién estrenado primer trailer de la inminente Capitán América: El soldado de invierno (Captain America: The Winter Soldier. Anthony y Joe Russo, 2014), ya se deja ver la profunda crisis de principios que atraviesa el superhéroe de las barras y estrellas cuando descubre los dudosos tejemanejes de S.H.I.E.L.D., momento en el que pronuncia la frase «This is isn’t freedom. This is fear» («Esto no es libertad. Es miedo»). Más claro no puede decirse.

Pero el Capitán América ya se había resistido antes a la docilidad en formato cómic, medio casi siempre más avanzado y transgresor que el cine mainstream. En Civil War (2006-07), el arco escrito por Mark Millar, el Capi se erigía en cabecilla de la facción de superhéroes que se rebelaba contra la Ley de Registro de Superhumanos, muriendo asesinado poco después en el arco de Ed Brubaker Capitán América: La muerte del sueño (2007-08). Una muerte que era una metáfora muy poco disimulada de la muerte de las libertades civiles que representaron las dos legislaturas de George Bush Jr.

Incluso en la injustamente denostada El hombre de acero, podemos encontrar trazas de este nuevo paradigma. De una forma idealizada, es cierto, el personaje del General Zod es un retrato de los neo-conservadores que dominaron la política exterior norteamericana. Zod se nos presenta como un patriota que, en su excesivo celo por preservar la continuidad de la civilización kryptoniana, no tiene reparos en invadir la Tierra y aniquilar si es preciso a sus habitantes. El hombre nuevo que a cambio propone alumbrar la película de Snyder no es necesariamente un Mesías cristiano, como le han echado en cara sus críticos.

La penúltima escena del film lo demuestra: El nuevo héroe deja reducido a chatarra un drone espía, símbolo de los aspectos más siniestros de la administración Obama, que el gobierno empleaba para seguir sus movimientos. Este nuevo Superman trata de ser una propuesta de síntesis, un ser humano mejor, depositario de la fe ajena pese a que el militarismo le haya obligado a perder la inocencia y desobedecer.

Dedicado a Don Lindyhomer