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El pasado 20 de octubre, el Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña daba carpetazo a su cuadragésimo sexta edición. Marcada como ninguna de las recientes por la crisis. Por el ansia de obtener un provecho económico que demostrase la viabilidad del certamen a las entidades públicas y los patrocinadores privados que lo auspician. Sin disimulos. Sin escrúpulos. Recurriendo incluso a la práctica de magia negra con el alma del festival.

No nos engañemos. Como en casi todos los ámbitos culturales, en Sitges lo cultural siempre ha sido secundario. Una excusa para gran parte de sus actores: políticos, programadores, distribuidores, periodistas y críticos acomodados en el Hotel Meliá. El festival se ideó para prorrogar la temporada estival. Y, en 2013, ha retrasado hasta una semana sus fechas habituales de celebración. Presumiblemente, para ordeñar aun más la ubre del cotarro turístico, que en calles y locales del pueblo se percibía alicaída.

Pero muchos de tales locales incidían en una oferta de ciertos servicios, objetos de consumo intangible, no tan notoria otros años. Reiki. Masajes sensitivos. Reflexología podal. Terapias energético-vibracionales. No es de extrañar que el sanador psicomágico Alejandro Jodorowsky fuese protagonista de la edición. Ni que su presencia en Sitges coincidiese con el paso por Madrid de un David Lynch reciclado en gurú de la meditación trascendental…

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Jodorowsky y Lynch ejemplificaron en otras épocas la guerra del hecho cultural contra el capitalismo post-industrial que condicionaba e instrumentalizaba sus formas. A su favor, lo cultural contaba con el mecenazgo de instituciones públicas y privadas. Instituciones con mala conciencia. O sabedoras de que su pervivencia pasaba por alentar en la chusma el hábito apaciguador del doblepensar.

Pero la recesión ha dado al traste con el lenguaje, «disfraz de nuestras mentiras» (Rafael Chirbes), que sustentaba la pantomima de las ideologías y lo ciudadano. El lenguaje del capital, circunscrito a duras penas en los últimos años a los entornos corporativo y financiero, ha tomado por asalto todas las esferas de lo colectivo, redefiniendo su naturaleza. Y el asentamiento de una nueva lengua siempre preludia y precipita el de un nuevo orden social.

Jodorowsky se ha topado, ya octogenario, con que ha de colocar a una numerosa progenie fruto de sus braguetazos espirituales. A un casi septuagenario Lynch, es dudoso que nadie vaya a pagarle otro proyecto artístico, y ha sacrificado su dignidad para salvar su piscina. Uno y otro han renunciado en cualquier caso a continuar escribiendo relatos con letra incandescente o torcida. Porque generar sentidos a través de los relatos ya no es operativo. Lo que erige el espectáculo mediático y publicitario de lo real, modelo de ficción en los albores del siglo XXI, son «logo-símbolos» (Justo Villafañe).

III

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¿Qué es un logo-símbolo? Una figura que aparenta representar ciertas ideas, un cúmulo de virtudes imprecisas, con el objetivo soterrado de dignificar los actos que sustancian nuestro estatus actual como seres humanos: comprar(se) y vender(se). Porque, sumidos en el vértigo de la interactividad y el consumo, transformados nosotros mismos en productos de la cultura virtual y mediática, nos sentimos obligados a sobresalir por todos los medios de entre la multitud. Nos aterra la posibilidad de desaparecer emocional y económicamente.

La comunicación ha pasado a consistir en el embrujo de nuestras propias mentes y las ajenas, con el fin de sumergirlas y hacerlas resplandecer «en un universo espectral del que se es al tiempo performer y víctima […] un universo en el que cada cual interpreta roles hasta ahora excluyentes: actor y espectador, sujeto y objeto, testigo e instrumento de una construcción colectiva» (Christian Salmon).

Lynch y Jodorowsky han acertado por tanto al transformarse en perfiles públicos; perfiles configurados por estilemas llamativos y biografías reducidas a anécdotas, que nos otorgan réditos cuando los agregamos o seguimos. Han acertado al convertirse en anuncios de sí mismos. O, mejor dicho, al hacer de sus idiosincrasias simples anuncios. Que apetece consumir y compartir tanto más cuanto más sabedores somos de que su fondo no importa, salvo por lo que podemos explotar a nuestra conveniencia de ellos. Como reflexiona la nueva campaña de calefactores Vaillant: «Lo importante no es lo que hacemos. Es lo que te hacemos sentir».

IV

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Es aquí donde revelan su función esencial las apelaciones a la magia y lo trascendente; a las terapias salvíficas y la espiritualidad; al ánimo inconformista y soñador; a conceptos tan floridos como los de agitador cultural y ensayista de lo pop, que riegan muchos perfiles en las redes sociales. Términos que pueden equipararse —de hecho son concomitantes— a otros como emprendedor o gestor de la imagen propia de marca, con los que nos lavan el cerebro desde hace un tiempo tanto gobernantes como gurús, precisamente, de la expresión amalgama de unos y otros ámbitos: espíritu / emprendedor.

Nos hallamos ante trucos de prestidigitación verbal. Que no buscan suscitar nuestro alejamiento momentáneo de lo consensuado, nuestra vislumbre de otro orden posible en las cosas. Que, por el contrario, pretenden justificar y afianzar y enaltecer la mera lucha a carantoñas por la vida, la supervivencia del más ladino, la monetización de la amistad y lo filial. El lenguaje va distorsionando las esferas pública y del pensamiento en esa dirección, hasta el punto de que empiezan a resultarnos incomprensibles conjugaciones de lo existente con un mínimo talante crítico.

Nos sentimos más cómodos habitando, en interesada compañía, la simulación. Un reciente eslogan daba cuenta de esta nueva coyuntura: «Pestañas Sephora. Tan reales que parecen falsas». Películas como Tierra prometida (Promised Land. Gus Van Sant, 2012) y The Green Inferno (Eli Roth, 2013) se atreven a testimoniar ya que los mayores peligros no residen hoy por hoy en las manifestaciones explícitas, burdas, del Capital. Sino en las que han infectado las presuntamente antagónicas. Las alternativas, contraculturales, minoritarias, radicales, a contracorriente, humanas.

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Pero The Sacrament (Ti West. 2013), título clausura de Sitges 2013, una de las clausuras más adecuadas y delatoras que recordamos, es la película que mejor ha plasmado la situación. Meses antes de que arrancase esta edición del festival, su director, Ángel Sala, anunciaba junto a regidores de otros certámenes la creación de una nueva sección «de cine y empresa», de dramanagement —lo que representa la película de Ti West—, a incorporar a sus respectivas programaciones.

¿Qué es el dramanagement? Un nuevo, o no tan nuevo pero sí más descarado que nunca, «formato audiovisual en el que se utiliza toda la potencia narrativa del cine para ayudar a las empresas a transmitir mensajes de manera más emocional y memorable […] no se persigue potenciar marcas, sino personas y valores internos de las empresas».

Falso. Se persigue, por supuesto, potenciar marcas. Pero como si las conformasen tus amistades. Marcas como la que riega todos los fotogramas de The Sacrament: Vice, definida como revista «que trata […] con posiciones irónicas y sardónicas […] temas internacionales de sociedad, arte contemporáneo independiente y cultura juvenil, para lectores mayormente jóvenes, bohemios y universitarios, a menudo llamados hipsters».

VI

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VICE Media produce The Sacrament. Vice se hace publicidad nada más empezar The Sacrament arrogándose la práctica de un inédito «periodismo inmersivo» que llega donde no llega el tradicional, el mainstream. Y los tres periodistas que protagonizan el logo-símbolo en toda regla que es The Sacrament, hacen honor a esa propaganda desvelando los horrores de un culto religioso inspirado en el de Jonestown con las armas del metraje encontrado o lo que podríamos denominar, con más propiedad, audiovisual de guerrilla.

El desempeño intrépido de esos periodistas adquiere unas connotaciones ideológicas capciosas. La secta liderada por Padre (Gene Jones) hace gala durante el grueso del metraje de valores absolutamente irreprochables, de perfil colectivista y antisistema, que hace a sus miembros mucho más felices de lo que lo fuesen nunca inmersos en nuestra cultura. Pero la entrada en escena de los reporteros precipita el brusco final de esa utopía paternalista y suicida, lo que implícitamente redunda en defensa aliviada de nuestro way of life, supuestamente horizontal, comprometido de todas todas con lo que hoy entendemos por existir, léase: consumir.

Que, en tanto ficción, The Sacrament esté conformada como artefacto mediático; que el found footage conformador de sus imágenes tenga una impronta límpida, corporativa, con espacio hasta para interludios enrollados en forma de partidos de baloncesto o interpretaciones musicales; que no haya lugar para el sacrificio del mensajero, al fin y al cabo futuro padre de familia, nos hace preguntarnos cuál es el verdadero sentido del título del film.

VII

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¿Puede interpretarse El Sacramento como aquel postrero que imparte Padre a sus feligreses para salvar su iglesia de nuestro mundo? ¿O como aquel al que dan forma los miembros de Vice con su acción heroica, «signo sensible de un efecto interior y espiritual que Dios obra en las almas y es causante de gracia»? Vice desembarcó en España entre 2006 y 2007 y fue punta de lanza de un nuevo periodismo cultural, revistas de tendencias autoproclamadas llenas de gracia, que también ejemplifican Playground, Numerocero.es, Madrizwebs consagradas como los medios clásicos a la prostitución de la cultura en nombre de la cultura, bien que en una atmósfera familiar, de colegueo.

Publicaciones de ética dudosa, muy conservadoras, interesadas en que el lector confunda la información con el catálogo y la crítica con la felación. En las que gente con nombres muy vendibles, pura marca —Popy Astor, Sandra Miguel, Luna Blasco—, lauda proyectos en los que participa, o encarga laudarlos a amigos. Publicaciones que elevan sin explicaciones la calificación otorgada por un crítico a una película. Que encargan críticas en clave de notable o sobresaliente, «así en plan mafioso te lo digo», porque han llegado a acuerdos publicitarios con distribuidoras. Que sugieren a los redactores en sus folletos de estilo tirar de hemeroteca para «inspirarse», resolver «en el menor espacio posible» las inquietudes de los lectores, pensar las recetas de los artículos «en términos porcentuales», pergeñar «titulares sensacionalistas», y un largo etcétera de consejos que, sin duda, repercutirán en la circulación online de la revista, su posicionamiento en las redes sociales, y el branding del propio articulista.

Y este no encontrará ninguna contradicción en seguir esos consejos mientras reseña —halaga— cine low cost, festivales de música lesboafricana, libros acervos sobre la crisis financiera autoeditados en régimen de cooperativa, plataformas digitales exquisitas… creyéndose protegido de lo que es realmente y lo que son sus madames gracias al aura mágica que le proporcionan el diseño de la página donde redacta, sus barbas y chanclas, su estilo digno de revista escolar. Aunque cada uno de sus artículos, de sus publicaciones jaleadas por amigos y distribuidoras y editoras y discográficas, de sus opiniones en Twitter y Facebook, no puedan evitar demostrar que la etiqueta low cost solo indica a la postre una cosa: la compra-venta entre unos y otros, de unos y de otros, por precios muy inferiores a los que estaban acostumbrados nuestros mayores.