Nueva escuela

Dice un cantante a través de los versos de una de sus composiciones, que casualmente comparte título con uno de los mejores libros del controvertido y comprometido Dashiell Hammett, que «ve misterios en algunas mujeres y detectives en los hombres de hoy.» Sin embargo, hoy los detectives no abundan, ni siquiera en el cine; aunque algunas mujeres, muchas, más bien todas, sigan personificando inevitablemente, de manera consciente o inconsciente, el misterio y la aventura. De aquellas magníficas películas de cine negro de los años cuarenta nos llegan de vez en cuando ecos familiares, reminiscencias tenues que devuelven por unos instantes imperecederos aquel sabor amargo, a veces incluso salado, pero siempre agridulce de soledad y desencanto.

Cada cierto tiempo la recuperación de aquellos clichés solventes y magnéticos es recurrente, y entonces asistimos a momentos que, a pesar de su novedad o de su anacronismo, tienen el aire de haber estado siempre ahí, dentro de uno mismo. Porque los seguidores del buen cine negro queremos esas historias, las necesitamos de cuando en cuando como un revulsivo, un acicate o un persistente dolor que nos recuerda que hemos vivido, que todavía y a pesar de todo seguimos vivos; y la presencia del detective privado que cobra un honesto salario, un triste puñado de billetes manoseados, por sus trabajos miserables, vomitivos y arriesgados es imprescindible. Los modelos de estas historias de celuloide, así como sus antecedentes literarios, son de sobra conocidos por todos, y es seguro que cada cual tiene su predilecto: los habrá que prefieran por encima de todo a Samuel Spade o los fanáticos incondicionales de Phillip Marlowe, incluso los que tengan un actor fetiche para este último (la elección parece sumamente fácil); y otros que se decanten sin fisuras por el rudo Mike Hammer (obviamente el del cine; aunque se nos antoja ciertamente complicado olvidar al Stacey Keach de la fantástica serie televisiva pronunciando aquel «Tomaré nota» tan inequívoco, paradójicamente también tan ambiguo) o aquellos que contra todo pronóstico elijan al más que notable y marginal Lew Archer, convertido para la ya lejana ocasión cinematográfica en Lew Harper.

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Lo cierto es que bien mirado no hay necesidad alguna de escoger, y la egregia nómina de estos cuatro personajes, que puede ser ampliada a gusto y discreción, no es por tanto exclusiva ni mucho menos excluyente; y el nombre de Archer, o si se prefiere Harper, no desentona en absoluto con los otros precedentes, por más que sea un producto original, desde luego, pero herencia directa del héroe, o antihéroe, creado por el gran Raymond Chandler. El padre literario de Lew Archer (cuyo apellido es coincidente con el de aquel compañero malogrado que compartía miserias y despacho con el buscador infatigable del inquietante halcón maltés) es el prolífico escritor californiano Ross Macdonald (Los Gatos, 1915 ‒ Santa Bárbara, 1983), y su primera aparición ocurrió allá por el año 1949 en la novela El blanco móvil (The Moving Target). Luego vendrían muchas otras, aquellas que le convirtieron por derecho en el más que digno sucesor de los ya mencionados y consabidos Hammett y Chandler, en el gran tercer nombre de la literatura policíaca norteamericana: La piscina de los ahogados (The Drowning Pool, 1950), La forma en que algunos mueren (The Way Some People Die, 1951), La sonrisa de marfil (The Ivory Grin, 1952) y así hasta cinco novelas más, la última fechada en 1976, cuando el mal de alzheimer empezaba a enseñorearse de este magnífico escritor, y que tenemos la oportunidad de disfrutar traducidas al castellano gracias a la Serie Negra de la editorial RBA.

Pero si algo ha contribuido de forma decisiva en nuestra memoria colectiva, en la de los amantes incondicionales de la buena novela y el mejor cine negros, es la insuperable caracterización por parte del mítico Paul Newman como el detective de la costa oeste; menos en la simplemente entretenida Con el agua al cuello (The Drowning Pool, Stuart Rosenberg, 1975) que en la excepcional Harper, investigador privado (Harper, Jack Smight, 1966); y es que los resultados de esta última no fueron fáciles de superar, ni siquiera volviendo a juntar para la ocasión el tándem Newman-Rosenberg, que tan buenos réditos consiguieron con La leyenda del indomable (Cool Hand Luke, 1967), y que posteriormente se unieron también, con discutible, pírrico éxito, en Un hombre de hoy (WUSA, 1970) y Los indeseables (Pocket Money, 1972).

Siendo un poco parciales, como no puede ser de otro modo, Harper resulta única: todo está en su sitio, nada sobra y poco falta, quizá un poco más de claridad en el guión, que se basa ampliamente en el primero de los textos que Macdonald compuso para su recién estrenado personaje. No obstante, con un mínimo de esfuerzo, con la necesaria atención a los detalles que no debemos pasar nunca por alto tratándose como se trata de este tipo de cine repleto de las mismas dobleces que la vida, lleno de trampas y callejones sin salida, la trama queda clara y todo termina por concluirse de modo brillante: a ello contribuye en gran medida el buen hacer de Smight, curtido desde muy joven en la televisión (dirigiendo episodios de las famosísimas En los límites de la realidad, La hora de Alfred Hitchcock o Colombo), y que se lanza al largo a mediados de la década de los sesenta. También es cierto que la película no ha envejecido todo lo bien que pudiera desearse, pero no lo es menos que cuando se trata de bajos fondos y bajas pasiones, las reglas y las motivaciones cambian demasiado rápido, y lo que en un momento parece violento, sucio y cruel, al rato queda degradado y obsoleto por comparación (algo similar ha venido sucediendo con las películas de terror, y el pavor que se preveía eterno y que suscitaron en otro tiempo los Drácula, los Frankenstein o las momias ya no asusta tanto como el temor a una fotografía antigua). A pesar de todo, Harper es ya un clásico indiscutible.

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Desde el primer momento, desde la presentación del personaje y su entrada en acción, la sensación de que estamos asistiendo a un acontecimiento mayúsculo es aplastante. Y también al principio detectamos esos sutiles pero tremendos homenajes tan característicos de los deudos para con sus seres queridos: la entrada de nuestro detective privado en la mansión de los Sampson es idéntica a la de Bogart en la de los Sternwood, y la conversación de éste con el envejecido e inválido general comparte más que parecidos razonables con la que Newman mantiene con la mujer del desaparecido, que no es otra que la mismísima Lauren Bacall, por si la cosa no estaba todavía suficientemente clara. En tres contadas ocasiones aparece la gran actriz, para dejar claro que tuvo y retuvo: la secuencia de su diálogo inicial con el detective es cine en estado puro: ella le ofrece algo de beber (sólo whisky, no ese brandy con champán de El sueño eterno) pensando que los sabuesos toman tragos a todas horas, y él rechaza el ofrecimiento arguyendo que nunca bebe antes del mediodía, que pertenece a la nueva escuela. Soberbio.

Y a partir de ese momento la galería de personajes que entran en escena desbordan las fronteras de lo real, de lo predecible, y atónitos vemos desfilar una siniestra galería truculenta en la que cada cual supera al anterior: la hija del magnate desaparecido, una especie de ninfa veleidosa y cargante; el piloto personal de Sampson, magnífico personaje, vivaracho y lleno de sorna; su abogado, amigo personal de Harper, compañero de guerra, timorato, enamoradizo e inseguro; una antigua actriz venida a menos y convertida en una ridícula pitonisa dipsómana; el temible marido de ésta, hampón de tres al cuarto que regenta un club nocturno, donde se dan cita una cantante toxicómana y los esbirros del mafioso, y que además trafica con trabajadores que buscan mejor suerte a su lado de la frontera, siendo la tapadera de este negocio una suerte de secta auspiciada por el ricachón Sampson. Y por si fuera poco, la mujer de Harper, estupenda y sensual Janet Leigh, que busca el divorcio de ese hombre al que dice en voz alta y mediante terceros ya no querer, ese hombre incapaz de renunciar a su trabajo, a su intención de mejorar un poco el mundo en que habitan todos estos engendros, incluido el propio Sampson, el desaparecido, otro personaje más de la película, otro gran acierto de la misma, pues, aunque no aparece jamás en pantalla, su presencia planea en todas y cada una de las acciones y motivaciones del resto, revelándose poco a poco como un dudoso marido, un padre despreocupado, un jefe despótico o un cliente caprichoso y lunático. Sin embargo, no todo es tan sórdido; y la vida merece la pena ser vivida: Smight propone una tabla de salvación basada en la amistad, esa amistad fuerte, robusta, viril, que soporta el paso del tiempo y es capaz de prevalecer por encima de la justicia y el honor, que pasa por encima de la conciencia y hasta del trabajo bien hecho. Lo dicho, nueva escuela: renovarse o morir.