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Las horas del verano


La herencia perdida

Cuando uno es feliz, las horas del verano son las que más rápido pasan. En algún momento de nuestra infancia seguramente hemos sentido la plenitud estando de vacaciones y mantenemos un recuerdo puro e incontaminado de lo que por entonces significaba para nosotros esa felicidad, basada siempre en elementos tan simples como montar en bicicleta o corretear por la playa. Después todo se complica, las personas, las relaciones, la vida que nos rodea. O quizás seamos nosotros los que nos encargamos de complicarlas.

En la primera secuencia de la última película de Olivier Assayas, Las horas del verano, la cámara sigue a unos niños que se divierten jugando en los jardines de la casa de su abuela. En ellos sólo encontramos la sana vitalidad y gozo que emerge de la total despreocupación. Lo más cercano al paraíso. Pero sabemos que no es más que un espejismo, una imagen efímera que pronto se borrará de nuestras mentes para devolvernos a la realidad, a una realidad en la que no hay lugar para la inocencia y en la que son otros valores de muy distinto signo los que al fin y al cabo terminan moviendo el interés de las personas y permiten que el mundo se mueva por la senda por la que actualmente transita y en la que impera la introspección, el egoísmo y el desarraigo tanto físico como emocional.

Probablemente los tres hermanos protagonistas de la cinta que ya adultos deciden vender las posesiones de su madre tras su fallecimiento corrieran en su infancia de la misma manera que lo hacen ahora sus hijos por el terreno familiar. En ese momento quizás también fueran felices, pero tal y como mandan las exigencias de los nuevos tiempos, ya no hay lugar para la nostalgia ni para los recuerdos.

Las horas del verano puede entenderse como un film que retrata el término de una etapa (también, por qué no decirlo, de una época) en el que el fin de una vida supone la dilapidación de todo lo que ella trajo consigo, en el que la tradición se pierde para siempre para propiciar que el individualismo y la autosuficiencia sentimental terminen implantándose en el subconsciente colectivo. En ese sentido la metáfora que propone el film resulta demoledora: la progresiva insensibilización a la que nos encontramos abocados se impone como parapeto para la pervivencia de los recuerdos que conforman el sustrato más emocional de las personas, de forma que la memoria termina delimitándose a la inmediatez de lo imprescindiblemente necesario dentro del día a día. La pura y dura supervivencia dentro de un mundo que nos fagocita poco a poco y en el que cada vez nos sentimos más y más extraños.

Assayas propone un arquetipo de familia “moderna” donde cada uno de los hijos ha tomado un camino contrapuesto que los ha llevado a beneficiarse de las oportunidades abiertas gracias a la globalización: el personaje que interpreta Juliette Binoche se ha transladado a vivir a Estados Unidos donde desarrolla una carrera de éxito como diseñadora y el de Jérémie Renier se encuentra planeando mudarse definitivamente a China para intentar hacer fortuna en el gigante asiático justo en el momento de su despegue económico. Las oportunidades monetarias han centrado las decisiones de futuro de dos de los hermanos a la hora plantear el rumbo de sus nuevas vidas. Las fuerzas motrices de alejamiento, al fin y al cabo parecen ser el motor de nuestro tiempo. Otro país, otras expectativas, otro porvenir.

Pero, ¿qué pasa con los que se quedan? A veces la permanencia es vista como una renuncia. En el caso de Las horas del verano el personaje que precisamente vertebra la narración es el de Charles Berling, el único de los hijos que continuará viviendo en Francia y también el único de los hijos que sentirá realmente la pérdida del patrimonio familiar frente a la despreocupación de los otros ante su interés más urgente de continuar con sus vidas lo más rápido posible.

¿Qué ha pasado con el director que se convirtió en el adalid de la modernidad, que ha sido el cronista de la vida contemporánea e incluso futura en estos últimos años? ¿Por qué ese cambio de punto de vista cuando la perspectiva seguramente previsible hubiera sido la de los hermanos “exiliados”?

Quizás la clave se encuentre en que Assayas siempre ha vertebrado y conceptualizado su obra a través de la dialéctica entre una serie de polos opuestos que se resumen en la diferenciación entre pasado y futuro, entre lo viejo y lo nuevo, lo clásico y lo moderno. Al fin y al cabo esa intersección era la que recorría las imágenes de Irma Vep y la base pragmática sobre la que se han sostenido de una u otra forma la mayoría de sus films, también Las horas del verano, aunque de una manera mucho más tangible y sensitiva. Y es que dentro de la esencia de su cine también palpita el binomio calidez/frialdad. A menudo se ha calificado sus ficciones de herméticas, como si el concepto de tecnificación se hubiera asimilado a sus ambientes y personajes deshumanizándolos progresivamente hasta evidenciar las raíces del mundo hostil en el que habitaban. Si las imágenes de Demonlover o Boarding Gate podían inducir a la inquietud del espectador al comprobar éste los mecanismos por los que eran capaces de moverse las grandes corporaciones que controlaban de una u otra manera nuestras vidas, en Las horas del verano la sensación puede ser si cabe más desoladora quizás porque en este caso existe una cercanía (ya no son entes, son personas), un reconocimiento directo de lo que se está contando, no encontrándose el mensaje del film oculto tras una máscara barnizadora de intelectualización y fruición visionaria, que en cierta manera eran las causantes del distanciamiento que aplicaba el director a sus anteriores films. Y es que, al fin y al cabo Las horas del verano es un film de textura clásica, alejado de cualquier pulsión o necesidad de cumplir las expectativas de vanguardismo estilístico que se esperan de Assayas, pero sin que por ello se pierda ni un ápice de la fuerza que emana de unas imágenes a las que el director sabe siempre sacar el mejor partido posible gracias a la maestría con la que elabora su lenguaje cinematográfico. Pero sobre todo, lo que diferencia a Las horas del verano del resto de la filmografía de Olivier Assayas es que con ella ha alcanzado la serenidad en el trazo, una plenitud en la mirada que se contagia minuto a minuto y que se percibe a través de la densidad conceptual y psicológica que adquiere cada sutil gesto de cada uno de los personajes que integran el relato, además de, por otra parte, el mimo con que se encuentran tratados cada uno de los objetos inertes que aparecen, de forma que llegan a convertirse en entidades vivas con un pasado, un presente y un futuro propios, cuya complejidad histórica, simbólica y universal rebasa el alcance emocional que cualquier pieza puede suponer para sus propietarios, aunque quizás ese no sea, al fin y al cabo, su verdadero valor.

En el pasado festival de San Sebastián coincidieron en su proyección dentro de secciones diferentes Las horas del verano y otra película que se articula alrededor de la familia y de la ausencia, de la pérdida de un ser querido, Still Walking de Hirokazu Kore-eda. Dos obras de madurez, delicadas y mordientes al mismo tiempo, emocionantes y sinceras, de naturaleza impresionista, armónicas y orgánicas, fascinantes en la manera en la que hacen sencillos los sentimientos más complejos. En cierto sentido Las horas del verano es un film muy oriental, el particular homenaje de Assayas al director taiwanés recientemente fallecido Edward Yang y al otro superviviente de la llamada Nueva Ola de Taiwán, Hou Hsiao Hsien. Paradójicamente esta cinta es un encargo promovido por el Museo D´Orasy para celebrar su 20 aniversario y otro de los directores involucrados en el proyecto ha sido precisamente el propio Hsiao Hsien a través de la filmación de Le vouyage du ballom rouge. El que ambas películas estén protagonizadas por Juliette Binoche podría ser la clave para cerrar esa conexión tan especial establecida entre estos dos directores y sus respectivos rumbos creativos: Hou realizando su película más francesa y Assayas la más asiática. Ambas además se configuran como una crítica al egoísmo que mueve el mundo moderno y ambas centran sus miradas aunque sea de manera tangencial en el futuro de los hijos de una generación errática e individualista. Más allá del patrimonio, de los cuadros, los objetos y los tapices, el verdadero legado se encuentra en ellos. Quizás por eso Las horas del verano se cierra de una forma similar a como se abre, siguiendo los pasos por esa finca ahora desvencijada de una troupe de jóvenes amigos de la nieta de la matriarca del clan, que la ocupan para organizar una fiesta de fin de semana. En uno de esos momentos la muchacha, que hasta el momento había permanecido en un segundo plano, pone en voz alta sus recuerdos: “mi abuela solía traerme aquí cuando era pequeña a recoger fruta. Me contaba historias de cómo hacía lo mismo con su tío”. Recuerda también una de esas pinturas de ese tío-abuelo famoso al que nunca conoció y en el que aparecía retratada su abuela desde un ángulo concreto. “Ella me dijo que alguna vez traería a mis hijos aquí, cuando los tuviera. Pero mi abuela está muerta y han vendido la casa”. Ya no pasarán más días de verano allí, pero al menos, algo seguirá perdurando en la memoria de otra generación, la última, que recordará algunas cosas que muy pronto quedarán sepultadas en el olvido, la misma generación a la que a la que se le ha negado poder tener referentes, poder tener “herencia”. Como dice la abuela en ese sobrecogedor encuadre a contraluz que cierra su existencia en la pantalla, “muchas cosas se irán conmigo; recuerdos, secretos. Historias que ya no interesan a nadie. Pero… queda el residuo”

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