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El curioso caso de Benjamin Button


La espuma de los días

Benjamin Button (Brad Pitt), es un tipo poco hablador (no únicamente en los extremos de su vida), que prefiere observar y aprender de todo a su alrededor, y luego es capaz de encontrar las palabras adecuadas para cada momento. Y su curioso caso, una historia sobre la fugacidad de las cosas, el paso del tiempo y la importancia del momento, que nos recuerda que todo se termina y cómo saber eso de antemano debería ayudarnos a apreciar las cosas importantes. Tema que ya trató Boris Vian en La espuma de los días, que además coincide con la película en comenzar alegre y festiva, incluso cómica, y terminar haciéndonos llorar como unos capullos. Al menos a mí, que vista dos veces, con diferentes estados de ánimo, dos veces me ha pasado lo mismo. No suelo llorar con estas cosas y quiero pensar que es algo intrínseco a la película. Tal vez por eso me ha gustado tanto, o tal vez por otras cosas, todas ellas inscritas en el celuloide que guarda sus imágenes.

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El viaje hacia atrás de Benjamin Button está repleto de recuerdos, los que conforman una vida entera: En la guerra, su infancia en la pensión, en Moscú con su primer amor, su primera borrachera, su primera experiencia sexual, su primer contacto con su verdadero padre, al que no conocerá como tal hasta muchos años después, la muerte de sus seres conocidos y queridos. Todo ello intercalado con la agonía de Daisy (Cate Blanchett), el gran amor de su vida, mientras la hija de ambos (excusa argumental tan válida como superflua) le lee el diario de Benjamin que le fue entregado a la moribunda cuando este era ya un niño olvidadizo que no recordaba sus orígenes tal y como les ocurre a los pobres ancianos que se topan con el temible Alzheimer.

Estando formada por recuerdos de las vivencias de su protagonista, es natural que David Fincher se tome dos horas y media largas para desglosar la historia de Benjamin escrita por Eric Roth, y aunque se distancia de la, en él habitual,  aparatosidad visual y de montaje que tan bien encaja en films como El club de la lucha o The Game no por ello descuida estos aspectos, encontrando la brillantez en al menos dos secuencias memorables como son aquella en que incide en la importancia de los pequeños detalles en el devenir de nuestras vidas, reconstruyendo el accidente que aparta a Daisy de la danza desde los instantes previos del taxista que la atropella y toda la gente que se cruza en su camino, cuya artificiosidad es obviable desde el momento en que lo cuenta tan bien en imágenes (cada plano inicial en el que explica la situación que ha llevado a cada uno de los incidentales intervinientes en el accidente a actuar como lo hacen en la conjunción de los hechos, se refleja al final y en secuencia inversa en un continuo y si con sus contraplanos en los que se muestra la situación de haberse producido de otra forma). Y también el momento en que el Twist and Shout interpretado por los Beatles impregna las imágenes de los mejores momentos juntos en la vida de la pareja protagonista (alternando un puñado de planos fijos centrados en el pequeño apartamento que comparten con el colchón en el suelo, en diversos momentos en el tiempo), momentos que están próximos a acabar, puesto que el rejuvenecimiento de Benjamin no tiene marcha atrás y pronto se convertirá en ese niño callado y senil que no recordará una vida plena y rara e intensa.

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Así, este año recién terminado nos dejó la que para mí es la mejor película de David Fincher. Una película atípica dentro de su filmografía, siempre inclinada del lado del cine fantástico y/o del cine de género (El club de la lucha, Seven, The Game, Alien 3, La habitación del pánico o Zodiac) y menos próxima al drama. Una película atípica que narra una historia atípica por antinatural. Un niño que nace viejo, y que paradójicamente va rejuveneciendo a medida que avanzan los años. Un niño viejo (pero viejo) que se enamora de una niña normal, a la que no podrá amar hasta ser un maduro maduro (pero maduro), cuando ella ya tenga edad de merecer (y de que no sea delictivo), y a la que tendrá que abandonar cuando sea un viejo niño (pero niño) y vea que se acerca su hora, y que ella se hace mayor, y que él solo sería un problema para ella. Tan atípica o tan tonta (pero a mí me ha encantado, que le voy a hacer) como un reloj cuyas agujas giran en sentido contrario, como una vida que marcha hacia atrás. Ni que esto fuera La flecha del tiempo de Martin Amis. Y eso me recuerda otra idea tonta que siempre he tenido desde que leí la novela de Vian (y la de Amis): Alguien debería adaptar al cine La espuma de los días, pero de una forma especial. La primera hora y media (más o menos) de película sería la historia como se cuenta en la novela aunque narrada con aire de nouvelle vague, (tal y como lo habría hecho Godard en los años sesenta, nada de Rohmer ni cosas así), y aquí viene la parte arriesgada, los siguientes tres cuartos de hora (más o menos), deberían ser lo que ya se ha visto al principio rebobinado hacia atrás al doble de velocidad con la música y el sonido también reproducidos al revés a 2x hasta terminar en el rostro de Colin rebosante de felicidad y de juventud, aseándose frente al espejo. Aquí se dejarían de leches con el rebobinado y este plano se reproduciría exactamente como al principio del film, y después, fundido a negro y créditos.

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