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El secreto de sus ojos


La emoción del verdadero cine

En un año realmente extraño e irregular en cuanto a la calidad del cine que se ha estrenado en España es un placer detenerse unos minutos para escribir una breves líneas sobre El secreto de sus ojos, una producción argentino-española que creo es, junto con la magnífica y emocionante Up de Pixar y el genial trabajo de animación de Miyazaki, lo mejor que ha podido verse en los cines este año. El cine de animación ha ganado a la ficción en cuanto a calidad, originalidad y buena factura al resto de las películas que han formado parte de la cartelera cinematográfica. Estamos siendo testigos de un cambio profundo en la forma de hacer cine y de ver el cine y, en cierta manera, esto se ha reflejado en los títulos estrenados este año: la brillantez, la genialidad y el asombroso dominio del mundo animado de Pixar, un agotamiento de ideas en la multitud de comedias absolutamente prescindibles que se han estrenado recientemente, guiones endebles y falta de mano maestra en algunas de las películas más esperadas por el público español, una nueva puerta abierta llena de posibilidades en cuanto a la forma de acercarse al cine de ficción con la llegada de Avatar de Cameron y algunas películas aisladas de unos pocos cineastas que aún son fieles a la narrativa clásica y que sobreviven ante la avalancha digital gracias a su enorme talento.

Perteneciente a este último grupo encontramos al director argentino Juan José Campanella. Director minimalista, íntimo y cauteloso que, sin las grandes pretensiones de trascendencia a las que presumiblemente aspiran otro tipo de directores, se ha mantenido fiel a un cine de calidad, recogido, profundo y de admirable pulso narrativo.  Un cine asentado en la efectividad de las emociones y en la universalidad de su discurso.

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El secreto de sus ojos recupera la narración cinematográfica brillante y madura de un director que ha encontrando el secreto de generar y conducir con mano firme la emoción del verdadero cine, del gran cine. Campanella ya nos había demostrado que él como nadie sabe cómo conseguir con sus imágenes ese algo mágico e intangible que hace que una película se vuelva inolvidable, el brillo de lo auténtico que se desborda en una sola de las miradas de Ricardo Darín, quien nos regala una de las más sólidas y extraordinarias interpretaciones de su carrera y que ojalá se vea recompensado con el reconocimiento de la Academia de Cine Español en sus próximos premios.

Da vértigo pensar en lo que nos deparará el cine el año que viene; la sensación inmediata es la de encontrarnos al borde de un precipicio y con la necesidad imperiosa de ordenar y redefinir las coordenadas que despejen la gran incertidumbre de hacia dónde se dirige este maravilloso arte. Yo mientas tanto me quedo con el secreto de sus ojos, los que le han dado luz a la madurez de un inmenso actor, los profundos y azules, los de Darín.

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