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Gran Torino


El truco de Clint

Como ocurre con todas las películas en verdad grandes, este filme de Clint Eastwood posee, en mi opinión, algo difícilmente definible que está por encima de la suma de las partes, todas magníficas, con las que está compuesto. Ese algo es probable que tenga bastante que ver con los muchos y heterogéneos temas por los que transita; también estará relacionado con el estilo personal de su autor, de una elegancia cada vez más insólita en el arte cinematográfico; y, probablemente, ese algo esté muy cerca de lo que podemos llamar valores o principios: ideas.

La grandeza de Eastwood es que, con la mayoría de sus últimas obras, está logrando trascender con mucho la literalidad de la imagen y la concreción del relato. Pero no sólo consiguiendo la abstracción en el mundo de las ideas, sino también —sobre todo— en el ámbito de los sentimientos. Es cierto que al ver Gran Torino comprendemos perfectamente que existe un alegato en contra de la violencia, más allá de la historia de un viejo amargado que se redime de su propia violencia salvando a otros de sufrirla. Pero no es menos cierto que nos puede resultar más complicado entender por qué nos sobrecoge tanto el simple plano final, en el que el joven Thao Vang Lor (Bee Vang) pasea con el Gran Torino heredado de Walt Kowalski (Clint Eastwood) por una gran avenida costera de Michigan.

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Quizá si volvemos al principio podamos comprenderlo todo un poco mejor. Hablaba de los muchos y heterogéneos temas: la violencia, la redención, el racismo, la xenofobia, la inseguridad, la vejez, la muerte, la adolescencia, la suerte, el amor, la amistad, la generosidad, la propiedad, la educación, la paternidad, la honestidad, la coherencia, la felicidad… Es una enumeración larga que podría seguir, y que no es en absoluto arbitraria. Es decir, que cada uno de esos temas (y los que faltan en la lista) aporta un elemento fundamental en el transcurso del relato, un matiz importante en la definición de los personajes y un concepto imprescindible en la comprensión del sentido final del filme. La riqueza inagotable —en un primer visionado y en varios— de Gran Torino es su gran virtud, a la que se encadenan todas las demás virtudes.

Hablaba más arriba del estilo de Eastwood, casi extinto ya en el cine de hoy. Algunos, que dicen que la narración es cosa de otro tiempo, han contribuido y contribuyen mucho a que dejemos de mirarnos en el espejo de un cine tan puro, tan nítido, tan transparente como este. El estilo de Clint, de un clasicismo ortodoxo y riguroso, consiste en trabajar bien, primero el plano, después el montaje: el cine. No existen en sus composiciones ángulos o movimientos que quieran dejar constancia de la existencia de un autor, ni estrambotes o pies quebrados en el montaje que pretendan producir extrañamientos. No. A cambio, en Gran Torino es casi imposible encontrar una sola imagen irrelevante, o una composición de plano azarosa, o un gesto distraído. Esta es la razón fundamental, creo, por la que a veces nos cuesta aprehender como espectadores el truco de Clint: porque no hay truco. Deberíamos analizar y explicar plano a plano este filme para poder transmitir la perfección técnica con que está realizado.

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Y decía también que algo tienen que ver en todo esto las ideas, los valores, los principios. A diferencia de las de otros autores —asunto muy relacionado con esa carencia de exhibicionismo a la que me he referido—, las imágenes de Eastwood son plenamente coherentes con los conceptos que quiere transmitir. En Gran Torino, por ejemplo, en esa deliciosa escena final que disfrutamos estéticamente gracias al gran trabajo con la imagen y el sonido, si nos emocionamos es porque la elegancia de los movimientos de cámara o la serenidad que nos impone la música son la elegancia y la serenidad con que Kowalski se ha ido de este mundo. Tras un filme lleno de violencia, el paseo tranquilo y feliz de Thao con el Gran Torino heredado de Kowalski nos comunica que la verdadera y gran herencia que ha dejado ha sido otra: la serenidad y la elegancia que dan la educación, la coherencia, la honestidad y el saber mirar de frente a la vida cuando toca.

Por todo ello no es estrictamente necesario comprender ni explicar las razones profundas del virtuosismo técnico y de la emoción que hay tras un filme como este, como ocurre con buena parte del cine de Eastwood: porque conecta directamente con nuestro inconsciente individual, tanto en lo estético como en lo moral que, al final, es lo mismo. Eastwood es hoy un grande. Pero no porque haya fabricado un estilo al que ser fiel y que reconozcamos, sino que porque el estilo es exactamente el contenido de lo que nos cuenta.

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