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Caza a la espía


En la era de Wikileaks

No deja de ser coherente, tristemente coherente, la coincidencia de Doug Liman y Paul Greengrass en la dirección de dos cintas aparecidas en este año 2 de la Era Obamista, cintas que efectúan un renuncio respecto del gobierno y la política exterior USA (la política del gobierno anterior, claro). Green Zone: distrito protegido (Green zone, P. Greengrass, 2009) hace referencia a la inútil búsqueda de las armas de destrucción masiva  en Irak y a la toma de conciencia de un militar que se apercibe de que sus superiores y su gobierno han mentido al respecto. Caza a la espía (Fair game, D. Liman, 2010) narra la historia de una pareja de espías cuyas actitudes y declaraciones fueron falsificadas con tal de promover la guerra en Irak, siendo difamados por las autoridades así como la posterior pugna que mantuvieron por su honor con sus superiores y los medios de comunicación. En ambas películas la corrección política supera los posibles aspectos desagradables que pudieran surgir y en ambas se deja claro que las maldades de la Era Bush son recriminadas por los honestos representantes de la Nueva Era.

La coincidencia viene de lejos. Liman era director de la primera película de la serie Bourne (El caso Bourne, The Bourne Identity, 2002) y productor de las dos siguientes, de las cuales fue director Greengrass (El mito Bourne, the Bourne Supremacy, 2004; El ultimátum de Bourne, The Bourne Ultimatum, 2007). La serie, basada en una novela de Robert Ludlum y guionizada por Tony Gilroy [1] seguía las peripecias de un agente secreto cuya memoria borrada irá redefiniéndose y redefiniéndole a medida que se enfrenta a sucesivos enemigos. En la progresiva evolución de la serie, Bourne se revela como una máquina de matar pero también como un buen soldado, manipulado por poderes superiores, cuyas habilidades le permiten, sin embargo, poner en evidencia y derrotar a los traidores que desde la CIA y otros niveles de la Administración han diseñado planes mefistofélicos a espaldas de la opinión pública. El esquema argumental, pues, sería el mismo que se sigue en Green Zone y en Caza al espía. Héroe individual integrado en el stablishment que, engañado o traicionado por alguien de dentro, acaba revelando la verdad, derrotando a la manzana podrida y reivindicando los valores democráticos y patrióticos. El problema radica en que este esquema  funciona a nivel ficcional, dónde la acción y el montaje priman sobre la trama; pero no resulta tan efectivo en el nivel de la verosimilitud. Una vez más la coletilla «basado en hechos reales» perjudica la producción desde su mismo inicio por que la voluntad de reivindicación de unos personajes, manteniéndose simultáneamente en  la corrección política y contención narrativa resulta ser un lastre extremo para la creación fílmica. Y, también, para el mensaje social, puesto que el contexto es distinto para los futuros espectadores de unas u otras películas. De hecho, la serie Bourne es íntegramente mainstream, se ha orientado con éxito a un público determinado  y  no sólo ha ido más allá de este grupo sino que tal vez ha llegado a trascender su objetivo a nivel fílmico (puesto que posiblemente haya influido en  la variación del tono y el argumento de los dos últimos Bond). Green Zone y Caza al espía, aun buscando la comercialidad, tienen un mensaje primordial y no renuncian a impartir el catecismo obamista (no ignoremos las conexiones políticas directas de Liman, que dirigió anuncios de la campaña electoral del actual presidente USA). Tal vez se trata de películas útiles, necesarias en el ámbito estadounidense, para tratar de revelar la patraña que los halcones de Bush elaboraron y difundieron por todos los medios de comunicación. Desafortunadamente para los espectadores europeos, el mensaje que se transmite ya es caduco. Mientras la Ley de Patriotismo acallaba cualquier voz que no estuviera en la sintonía oficial, acusándoles de antipatrióticos, filoterroristas o comunistas (como se hace patente en Caza al espía), la información que recibíamos en Europa nos permitía no sólo dudar de la versión oficial sino claramente refutarla. No existían armas de destrucción masiva, Irak no estaba vinculado con el 11-S y los diseñadores de la guerra estaban claramente relacionados con empresas que se beneficiaban de la misma, antes (por aumento del precio de determinadas acciones bancarias), durante (por venta de armamento) y después de la misma (por gestión directa o indirecta de empresas de seguridad,  de construcción y renovación de pozos petrolíferos).

Y si, por ello, era impensable la existencia durante la contienda de cintas como la británica In the Loop (A. Ianucci, 2009), película que denunciaba ácida y duramente el proceso de creación de la guerra, aun es más doloroso apercibirse que las películas americanas en la actualidad sigan siendo tan timoratas cuando se comparan con ella. De hecho, Caza al espía delata a los delincuentes que manipulan a la opinión pública y no oculta (aun sin citar nombres) la implicación del vicepresidente en la confabulación. Sin embargo bascula su estructura dramática del conflicto político al conflicto doméstico. Llegado a cierto punto, el guion (basado en sendos libros de los protagonistas) se atasca, se da por satisfecho en su pacata y simple denuncia, y pivota la tensión sobre el conflicto generado entre los cónyuges, Así la película se resuelve rápidamente en el momento en que la familia se reúne frente a la adversidad. No se explica nada más acerca de la guerra o las estrategias de ingresos ilegales para personajes u organizaciones, no se plantean conflictos morales y se ignora completamente la suerte seguida por todos los contactos de Valerie Plame, todos ellos traicionados y abandonados, por el gobierno USA primero (que les trata como efectos colaterales de un conflicto interno), por el director de la cinta después (que se olvida de ellos en cuanto Valerie y Joseph ven factible su unión familiar). Hollywood, con los liberales a la cabeza (de Gilroy y Liman a Noemi Watts y Sean Penn), sigue prisionero de los lobbies y su pobre capacidad de denuncia produce auténtico sonrojo si la comparamos con las noticias que los medios de comunicación nos ofrecen cada día. De nuevo, desgraciadamente, la realidad supera la ficción. No estamos en la era de Obama sino en la era de Wikileaks. Las noticias que generan las filtraciones hacen sombra a las denuncias cinematográficas y van mucho más allá de lo que se apunta en la película. Tal vez Gilroy o Liman pretendan en un futuro no lejano filmar la auténtica historia de Julian Assange… Tal vez, si no mejoran su estilo, sea mejor que no lo intenten.


[1] Guionista de larga y diversa trayectoria que parece haberse orientado hacia películas sobre los poderes fácticos ocultos: Michael Collins (2007) y Duplicity (2009) de las que también era director o La sombra del poder (State of Play, K. McDonald, 2009). En la actualidad prepara un guion llamado The Bourne Legacy.

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