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La red social


El año en el que cambiamos de estado peligrosamente

Aceptar

Vivimos en el siglo XXI. Hasta ahí todo bien, ¿no? Necesitamos que nos quieran o que los demás piensen que los demás nos quieren. Tenemos que mostrar que somos listos y que tenemos buen gusto (cinematográfico, en nuestras vestimentas, musical). Ansiamos ser reconocidos en todas las vertientes y variantes que esa palabra aglutine. Queremos ir a fiestas tremendas, sonreír junto a ellos, demostrar que somos únicos entre tanta gente. Ser ocurrentes, estar a la última, saber hasta lo que nos puede hacer no querer saber más. Apostar si esa morena bajita tiene novio, si ya te borraron de la lista de amigos en la que nunca fuiste realmente un amigo, adivinar si alguien te echó de menos el fin de semana pasado en Menorca.

Infinitos infinitivos que esconden el pulso cansado de una sociedad que dejó de comunicarse debido al ruido que provocaba sus comunicaciones. Aceptar por fin que estás solo y que es domingo y que hoy no hay ninguna chica que quiera ir al Nippon (los domingos hacen 50% excepto en atún y sashimi) y luego a tomar una copa y tal vez después a compartir risas, lambrusco, almohada y sudor.

Confirmar

Me dicen por teléfono que el chino que tarda 20 minutos tiene la dirección correcta de mi casa. Han pasado ya 35 y va a empezar la segunda parte del Levante-Valencia. Tengo dos ventanas de chat abiertas pero por ninguna entra ningún aire. Mientras juego al Bouncing Ball pienso que para desmontar una obra de ingeniería lo más fácil es tener un martillo pilón y una excavadora. No conozco mayor poder de destrucción que el de la propia capacidad para construir. No conozco más creencia que la que es fruto de la buena literatura. Fincher y Sorskin no saben picar código pero son dos paradigmas del conocimiento y el uso de la narratología clásica. Su obra lo confirma. Su capacidad para agarrarnos y contarnos la historia que ya sabemos sin dejar de sorprendernos es insólita. Fincher, al igual que en Zodiac, no se conforma con cogerte de los genitales sino que además te explica como serán los hijos que nazcan de tus espermatozoides. La modestia de su planteamiento y de su cine, su condición asumida de artesano premium, le hace llegar más lejos que casi nadie a nivel intelectual. Una oda al F5 de nuestros cerebros puede ser efectiva gracias a su forma de hacernos dudar de la linealidad del tiempo mientras desfilan los títulos de crédito. El tempo (si es puro y sin cortar) siempre vence al tiempo. Confirmado.

Compartir

No es vivir por mucho que te lo diga la hippie zen de tu trabajo (te pagan poco, están pensando en reducir plantilla, eso es vivir). Compartir es otra manera de crear una necesidad en los demás de ti mismo. Oigo una canción en Spotify y no sé si pasársela a una amiga con un comentario ocurrente o ponerla directamente en mi muro de las lamentaciones. Bueno, la pongo aquí

¿Soy mejor persona por esto?¿Es mejor persona Mark Zuckenberg por inventar el Facebook y hacer que los demás compartamos o es el ladino sociópata multimillonario y triste que muestra la película? Creo que he pedido demasiado y encima a los fideos chinos le han puesto gambas. Nadie puede cogerlas y acabar con ellas mientras yo miro al lado y a la ternera con setas y puerros. Compartir que tenemos que partir y quedarnos solos cuando nuestro viaje es un safari interior por nosotros mismos. La soledad de Zuckerberg es la soledad de quien ha acabado con el mundo y ya no tiene ni un gato que acariciar. La escena inicial es un tratado sobre la incapacidad de comunicarnos cuando queremos compartir demasiadas cosas. Cuando en lugar de un vídeo de Youtube lo que ponemos en el muro de nuestra sonrisa es la propia percepción de uno mismo sin rodeos ni ambages. Uno se queda solo y tiene que ir andando bajo la lluvia al campus, esquivando zombies vivos, mientras en la pantalla aparece el nombre del actor que nos interpreta.

Ignorar

Un método como otro cualquiera para ser felices. Decir que no estoy. Modo invisible en el chat de Gmail. No coger el teléfono (¿Sabe alguien como se le da a no coger, sin tener que colgar en los teléfonos táctiles Samsung?). Mirar a otro lado. Abrir una ventana nueva. Seguir escribiendo. Ignorar es poder elegir tu propia realidad. Seleccionar, sesgar, esperar agazapado en una esquina, jugar a Los Sims. Sorkin y Fincher hacen historia contemporánea con cine futuro de raíz clásica. Ignoran gran parte de los matices universales que otros se verían obligados a incluir para levantar acta (pienso en Haggis o Iñarritu sin solución de continuidad, fluido de conciencia concienza/uda) sin levantar ninguna otra cosa. Ignoran que hubo una guerra, que murió un cadáver, que en una pequeña población de Segovia este año tampoco tocó la lotería. Ignoran el sentimentalismo barato, la metáfora en la que los dos elementos son el mismo, ignoran que quizá, tal vez, los demás nos estén ignorando. Ignoran porque saben (de que va esto) y con unos elementos elegidos, con un best seller barato y con un culebrón casi sin concluir, construyen las líneas maestras de una ficción que acaba siendo un ensayo sobre nosotros mismos y nuestras circunstancias.

Hacerse fan

Mi compañero Óscar Brox, en boca de Don Draper, definía Facebook como «la comunicación adecuada para nuestros tiempos» en su artículo sobre está película. No sé si lo adecuado es lo correcto o lo que mejor nos viene. Tampoco sé si nuestros tiempos realmente son nuestros o de la gente que conspira. No sé, finalmente, si la comunicación es una entelequia o una contradicción en sí misma, pero si sé o vislumbro que La red social es una crónica fría e insumisa sobre todo eso y más. Una obra monumental que sí se comunica con el espectador y que sí es de nuestro tiempo, que plantea sus propias estrategias sin esconderlas y consensuando el día d y la hora h mediante un evento al que se te permite ir acompañado. Una película grande como la vida aunque muchas veces nuestra vida sea hacer fotos para subirlas a Facebook y tener vida. Pero a pesar de eso, la contraseña puede ser un recuerdo o una fecha (que has escogido mediante 9 dígitos que no distinguen mayúsculas y) que nos permite seguir creyendo en las historias y en la gente que saben contarlas. David Fincher es un número 1 (o un 2 ó un 3) en eso y por eso me acabo de hacer fan suyo en el Facebook.

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