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Elena


Parásitos

Hay algo oscuro y gélido en el corazón de la tercera película de Andrei Zvyagintsev que la hace especialmente perturbadora. No se trata solo del parsimonioso montaje, la frialdad de la fotografía y los escenarios, las hieráticas interpretaciones o la lacónica puesta en escena, sino de lo que habita en el interior de sus personajes, una podredumbre moral que todo lo impregna.

Elena empieza y acaba con el mismo plano: un árbol de ramas negras y sin hojas en primer término y una casa de un barrio de la clase alta de Moscú como trasfondo. Entre esos dos planos, todo ha cambiado… y nada ha cambiado. Cuando un cuervo se posa en una de las ramas da comienzo la danza macabra de la cámara, que recorre las estancias de una lujosa casa, con un diseño de interiores tan minimalista que manifiesta la frialdad y sobriedad de sus habitantes: Elena, en cuyo rostro de campesina resuena cierto aire aristocrático; y Vladimir, uno de tantos nuevos ricos de la Rusia postcomunista, apático y despótico a partes iguales. El espectador pronto descubre que la relación entre ellos responde más a la de amo-sirvienta que a la de marido y mujer. Durante la primera y larga secuencia, ritual matutino en el que se aprecia un leve grado de afecto nacido de la costumbre, también se desvela el motor de la acción: el trato con sus respectivos hijos, el agujero negro de un matrimonio que parece un vínculo comercial o de conveniencia, desprovisto de amor real. No es una película sobre la lucha de clases, pero Elena pone de manifiesto las diferencias entre los distintos extractos sociales con cruda certidumbre. Transcurren las primeras secuencias, y la constante que las relaciona es una permanente sensación de amenaza: algo oscuro y gélido va a ocurrir, tarde o temprano.

Mientras la sinfonía nº3 de Philip Glass va marcando la pauta con su percusiva y circular insistencia, el verdadero conflicto se pone de manifiesto: tras una recaída en su enfermedad Vladimir le dice a Elena que la casi totalidad de su herencia irá a parar a su hija Katerina, el único personaje que, con su característico cinismo, es capaz de ver lo mucho que huele a podrido en la Rusia actual: “Son los genes. Semillas podridas. Todos somos malas semillas, subhumanos”. Tal es la condición de los personajes, todos ellos malditos, condenados desde su nacimiento a repetir los errores y conflictos de sus progenitores. El director de esa impresionante ópera prima que fue El regreso (Vozvrashchenie, 2003), vuelve a hablar de conflictivas relaciones familiares, pero desde una perspectiva bien distinta a la de aquella película. Elena, según cuenta el propio Zvyagintsev en varias entrevistas, surgió como encargo de un productor inglés que quería hacer tres películas sobre el Apocalipsis. Finalmente el proyecto no siguió adelante, pero el guión de la cinta firmado por el propio Zvyagintsev y Oleg Neguin conserva ese aire asfixiante de desesperanza traducido en un apocalipsis íntimo, una muestra del estado de descomposición en el que se encuentra la Rusia de hoy en día.

Elena es puro cine negro, pasado por el filtro de la atormentada alma eslava. Zvyagintsev bebe de sus compatriotas Tarkovsky y Sokurov, sobre todo a nivel de puesta en escena y de un pertinente simbolismo, pero también del Polanski más claustrofóbico y sombrío, o del Krzysztof Kieslowski de El decálogo (Dekalog, 1989-1990). Un único interés mueve a los personajes: la codicia. Elena, la maternal y criminal Elena a la que da vida la impresionante Nadezhda Markina, es la única que se salva y al mismo tiempo se condena; el amor por su hijo y su nieto, su deseo de permitirles subir de estrato social, la obliga a cometer un acto despreciable. Oscuro y gélido.

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