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Las mejores de 2012


El resultado de nuestra encuesta a colaboradores y amigos, sin adulterar, la prueba, en las listas de votaciones. Todos los votos cuentan igual, con la única imposición de que sea cine estrenado comercialmente en España en 2012, ya sea en salas o en el mercado doméstico. Allá van, del 20 al 1…

20. El caballero oscuro: La leyenda renace (The Dark Knight Rises, Christopher Nolan)

19. Skyfall (íd., Sam Mendes)

18. Mátalos suavemente (Killing Them Softly, Andrew Dominik)

17. Outrage (Autoreiji, Takeshi Kitano, 2010)

16. Desmadre de padre (That’s my Boy, Sean Anders)

15. Fausto (Faust, Alexandr Sokurov, 2011)

14. En la casa (Dans la maison, François Ozon)

13. Blancanieves (Pablo Berger)

12. Mi primer amor (Un amour de jeunesse, Mia Hansen-Løve, 2011)

11. Los descendientes (The Descendants, Alexander Payne, 2011)

10. La invención de Hugo (Hugo, Martin Scorsese, 2011)

El nostálgico homenaje al cine de Martin Scorsese nos sumerge en el París de los años 30 visto por los ojos de un huérfano que nada tiene que ver con el Oliver Twist de David Lean, en las inmediaciones de una estación de trenes por la que nunca ha pasado el Emperador del norte y donde aparecen autómatas sin relación alguna con Steven Spielberg. Un homenaje al cine como fábrica de sueños, pero remontándonos a sus orígenes, ese París es el París de los últimos días de Georges Méliès, un soñador y un revolucionario (del celuloide), pero sobre todo un ilusionista. Y el director de Malas calles (Mean Streets, 1973) nos invita a visitarlo con cariño y virtuosismo (el recorrido inicial del protagonista es un mero ejemplo) a partes iguales, despertando en el espectador esa ilusión tan difícil de encontrar a veces en una pantalla grande.

Sergio Vargas

9. Las malas hierbas (Les herbes folles, Alain Resnais, 2009)

Una frase de Lolo Ortega basta para acunar la última propuesta de Alain Resnais: «Una historia de amor puede ser odiar casi todo el tiempo». ¿Hace falta ser un nonagenario que ha atravesado la modernidad, la postmodernidad y la hipermodernidad para enunciar algo tan elemental? Debe ser, teniendo en cuenta lo poco que se comenta algo tan obvio. Si Las malas hierbas es estupenda, no se debe a que abunde en estrategias de «viejo zorro» o «último maestro vivo». Ni a esa premonitoria atmósfera de purgatorio que la impregna. Ni a esa complicidad rancia que desprende el trabajo de los intérpretes y el equipo técnico, que hace de sus imágenes espectros de otras que estuvieron vivas, allá por el pleistoceno. Es, sencillamente, porque dice que somos todos malas hierbas. Unos hijos de puta. Unos miserables, capaces incluso de hacer daño con tal de alcanzar el amor, que a su vez no es sino otra manera más sádica de hacer daño; y que cuanto mayores somos, más hijos de puta nos volvemos. Hasta que en las horas finales amagamos besos que no son sino dentelladas postizas. Y lo dice jovialmente. Porque no queda otra. ¿Qué le vamos a hacer?

Diego Salgado

8. Declaración de guerra (La guerre est déclarée, Valérie Donzelli, 2011)

En el amor y en la guerra todo vale. Y ganar una batalla luchando por amor contra el peor enemigo imaginable, bien merece la pena ser contada. Valérie Donzelli y Jérémie Elkaïm escriben un guion que no es sino el recuerdo de su lucha, también lo interpretan (o reinterpretan), y ella lo dirige, exorcizando con golpes de comedia un drama que ya fue vivido, y sufrido. Y que con su genial banda sonora y una puesta en escena con detalles de quitarse el sombrero, pero sobre todo con una historia tan verdadera, tan jodida y tan triste como un cáncer infantil nos devuelve la alegría, las ganas de vivir, y sobre todo de luchar.

S.V.

7. El caballo de Turín (A torinói ló; Béla Tarr, Agnes Hranitzky, 2011)

Cuando vi la película en Sitges hace ya unos 15 meses escribí que El caballo de Turín era el resumen perfecto de lo que va a representar Béla Tarr en la historia del cine: una hermosa y salvaje anomalía. Como el caballo que dejó más loco a Nietzsche, como el filósofo que dejó más muerto a Dios, como el cineasta que dejó de traernos obras de arte cuando necesitábamos películas diferentes, miradas limpias y un viento frío que nos recorra ruidoso el corazón y la espalda. Una maravilla que con 30 planos y casi sin palabras, traza el mapa sentimental y apocalíptico del ser humano en estado infecciosamente puro, un prodigio que nos brinda la oportunidad de viajar en el tiempo en un safarí interior por nuestro propio bagaje personal y cultural, una experiencia que mezcla artes para en las grietas de su andamiaje, divisar una luz. Y dentro de la luz, un caballo que relincha. Y dentro del caballo, un viento que ruge.

Manuel Ortega

6. Moonrise Kingdom (íd., Wes Anderson)

Como Louis Malle en Zazie en el metro y Hayao Miyazaki en Ponyo en el acantilado, Wes Anderson se acerca a la mirada y la sensibilidad infantil para componer Moonrise Kingdom. Tierno y evocador, el paisaje que acoge a sus dos protagonistas —cielos, faros y montañas que parecen pintados con minúsculos lápices de cera— expresa la delicada educación sentimental que vivirán en una orilla apartada antes de perderse en el mundo reglado de la vida adulta. Una historia de pequeñas cosas, primeras emociones y belleza efímera. 

Óscar Brox

5. Cosmópolis (Cosmopolis, David Cronenberg)

Parapetado tras su limusina blanca, vientre materno para un cachorro del capitalismo tardío, David Cronenberg reflexiona en Cosmópolis a propósito de la condición humana en la época del desapego emocional. La obra literaria de Don DeLillo es el punto de partida de una travesía marcada por las fluctuaciones inaprensibles del mercado, la ansiedad por hacer más espacio para albergar nuestras propiedades o la erotización de un espacio cada vez menos cercano, más tecnológico, inhumano. Un manual de uso para entender el malestar contemporáneo.

O.B.

4. Casa de tolerancia (L’Apollonide, Bertrand Bonello, 2011)

 

París, finales del Siglo XIX. Un bouquet de mujeres que ofrecen su cuerpo en una casa cerrada. La alta burguesía araña al tiempo —a la Historia y sus cambios sociales— una manera de ver el mundo que comienza a tambalearse. En la casa, las prostitutas y sus clientes agotan sus últimos bailes antes de que todo acabe. Tras la cámara, Bertrand Bonello pone la lente de su microscopio sobre una sociedad cuya moral y costumbres quedan impregnadas en nuestro tiempo. Las casas de tolerancia dejan su espacio a las esquinas de calles mal alumbradas y carreteras secundarias, pero los instintos morales perviven fijados en nuestra manera de ser. Así, el último suspiro del Siglo XIX se comunica directamente con las bocanadas de aire del XXI. La Historia continúa. 

O.B.

3. The Deep Blue Sea (íd., Terence Davies, 2011)

 

No creo que la última realización de Terence Davies, a quien por otra parte respeto mucho como cineasta, merezca figurar entre lo mejor de 2012. Tampoco tengo demasiado en común como crítico con Santiago Rubín de Celis, que, cuando se estrenó The Deep Blue Sea en España, escribió sobre ella en esta misma revista. Sin embargo, siento tanto afecto por los compañeros y amigos de Miradas de Cine, tanto aprecio por la libertad única que destila como página, que me alegra tragarme el sapo y alentar a los lectores desatentos a que recuperen The Deep Blue Sea aprovechando esta ocasión. Aunque sea porque quizás acabe llevándoles al Davies de El largo día acaba (The Long Day Closes. 1992) y Of Time and the City (2008). Aunque sea por su majestuoso último plano, que se atreve a sugerir un futuro mejor a partir de la desolación individual y colectiva más absolutas; plano que no puedo olvidar, que me hace pensar que a lo mejor me he equivocado terriblemente en mi apreciación. Aunque sea porque la crítica de Santiago es extraordinaria; solo por leerla con conocimiento de causa, la película merece una (u otra) oportunidad.

D.S.

2. Take Shelter (íd., Jeff Nichols, 2011)

 

Tiene el gremio crítico tendencia a escribir sobre una película como si no se hubiese hecho antes. Como si otros no lo estuviesen haciendo al mismo tiempo. El espectáculo resultante es una exposición sórdida de habitáculos estancos, a veces de uso prácticamente individual, tan codificados, presas de las expectativas empobrecedoras de nuestra parroquia, como los que conformaban en La cabaña en el bosque (The Cabin in the Woods. Drew Goddard, 2012) la industria del género fantástico. Habitáculos cuyo cuco diseño es a la postre no ya una máscara sino una cámara sellada, tras la que el aire analítico va enrareciéndose hasta devenir miasma. Abrir las ventanas sería fácil. Pero supondría reconocer la existencia del Otro, lo desestabilizador de su discurso, las grietas e imposturas del nuestro, el terror a que la realidad lo devore todo, incluyendo las palabras que cada tribu cree o hace creer tan relevantes y únicas. Take Shelter habla de eso, como habla de todo lo demás: «Escuchad. Se está acercando una tormenta. Una tormenta como jamás hayáis visto. Y ninguno de vosotros está preparado para ella. ¿Creéis que estoy loco? ESTOY HABLANDO CON VOSOTROS. Ahora dormid tranquilos en vuestras camas. Porque, si la tormenta se hace realidad, no vais a tener oportunidad de hacerlo más». Veamos otra vez Take Shelter, y pensemos viéndola en nosotros mismos, no en el vecino. Y después leamos a Alejandro Díaz, a Antonio Peris, a Julius Richard, a Ricardo Adalia… Leámonos los unos a los otros. Follémonos las críticas ajenas. Salgamos de la cama. Del armario. A la intemperie. A merced de la tormenta. No va a pasar nada. Nunca hemos podido engañar a nadie. Hemos estado siempre en evidencia. Todos.

D.S.

1. Holy Motors (íd., Léos Carax)

 

La vida tiene capas como las cebollas o los superhéroes. El cine tiene vida cuando se topa con algo como Holy Motors, con su macedonia de capas, vegetales, antihéroes contemporáneos, dioses ateos y guiones efímeros. Porque la nueva película de Léos Carax respira, late, brota, camina, transformándose en cada paso, reinventándose en cada estación en un ejercicio mutante, burlón, escurridizo e inasible. Una obra de enjundia, enigmática pero a pesar de ello accesible y adictiva, con una aceptación crítica sorprendente (ensalzada por los mismos que decían que el episodio de Sr. Merde empequeñecía a Tokyo!) y que ha venido a contarnos que no hace falta entenderlo todo siempre, que un interludio musical puede ser el resumen perfecto de un discurso contundente y elaborado y que en Miradas de cine una película no norteamericana podía ser la más votada del año.

M.O.

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