Criticas

Mishima


Armonía entre vida y arte

En una entrevista con el cineasta ruso Aleksandr Sokurov, Paul Schrader manifestaba su estrecha vinculación con el realismo psicológico, es decir, con la exploración de un determinado carácter a través del cine. Basta con echar un vistazo rápido al catálogo de personajes que presenta su obra para observar de qué manera Schrader cumple escrupulosamente con la tradición. Del Travis Bickle de Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) a la Irena de El beso de la pantera (Cat People, 1982). Individuos sujetos a la vigilancia de la norma —así como al temor de la subversión, de que caiga la máscara— de una sociedad fiscalizadora que les prohíbe expresarse libremente, por lo que vagan por sus márgenes. Personajes a la búsqueda de una definición, que pueda explicar las alteraciones que sufren la carne y la mente cuando entran en contacto con una realidad más vasta, a la que no están acostumbradas. Como el propio Schrader, que hace de su origen calvinista el punto de inflexión para trascender un mundo para el que ya no hay cabida, para el que las palabras han perdido su significado. En otras palabras, un aprendizaje emocional que vuelca sus esfuerzos en comprender los contradictorios sentimientos del hombre.

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Desde este punto de vista, parece clara la conexión entre las obsesiones propias de Schrader y una figura tan poliédrica como la de Yukio Mishima. Precisamente, a partir de su carácter contradictorio, entre el progreso y la tradición; entre el inmovilismo que precisamos para experimentar lo bello y la violencia destructora que supone el rasgo efímero de la belleza. Una personalidad atrapada entre el pasado y el futuro, que contempla el presente como si hubiese caído sobre unas arenas movedizas. Un escritor que hace de la fragilidad de la vida el objeto de su estética, porque, como a sus personajes, encuentra que hay escondido en esa precariedad el verdadero significado de la existencia.

Lo efímero

El interés de los Schrader por Japón no se limita a la fascinación en torno al carácter ritual de dicha cultura que pudiese filtrar Leonard Schrader en sus ideas para Yakuza (The Yakuza, Sydney Pollack, 1976). Tampoco al interés de Paul hacia la obra de Yasujiro Ozu. Se trata de una conexión más profunda, que encaja con un sentimiento fugaz de la vida, pero a la vez inexorable, sólo a través del cuál conseguimos entendernos a nosotros mismos. Hay en El beso de la pantera un instante que sintetiza esta idea: Oliver e Irena haciendo el amor, a pesar de ser conscientes de que la belleza dejará paso, en apenas unos minutos, a la monstruosidad, cuando Irena se transforme en pantera y su indomabilidad amenace la vida de Oliver. En ella Schrader transmite la impresión de que Oliver haya estado buscando ese instante previo a la transformación de Irena; un momento de efímera belleza para aproximarse al sentido de su existencia. Tal y como le sucedía al propio Mishima con su fértil producción artística, que no parecía lo suficientemente conclusiva como para encontrar la armonía entre arte y vida. Porque lo primero es demasiado transitorio como para comprender a lo segundo.

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El enfoque de Schrader sobre Mishima y su obra consta de una estructura episódica, como si se tratase de un libro viviente, que mezcla capítulos de la obra del escritor japonés con apuntes biográficos y escapadas nostálgicas que pueden rastrearse en sus libros. Todo ello barnizado por una imagen a veces abstracta, a veces evocadora. Por decorados que parecen rompecabezas dibujados sobre una superficie lisa, como la de un tatami; y por escenarios naturales que la cámara explota en su fuerza expresiva. Como si representasen esa contradicción interna entre un escritor y su escritura; pero, sobre todo, entre un escritor y la imagen que de sí mismo proyecta al exterior. Porque, como dijese Dostoievski [1], «el corazón del hombre es vasto, excesivamente vasto, quizá. […] Lo más horroroso es que la belleza no sólo es aterradora, sino también misteriosa. Dios y el diablo luchan en ella, y su campo de batalla es el corazón del hombre. Pero el corazón del hombre sólo de su dolor quiere hablar.» y tenemos poco tiempo para poder escucharlo.

Vida y destino

En Mishima está presente la sensación de belleza embalsamada.  De alguna manera, es lo que nos inspira el cuerpo de Osamu —el protagonista de uno de los capítulos del filme, la casa de Kyoko— cubierto por una sábana pegada a su piel cubierta de sudor. El trabajo físico al que se somete el propio Mishima para vigorizar su cuerpo fláccido. O la prolongada delectación con la que Osamu experimenta cada una de las heridas que marcan su cuerpo, cada vez más bello tras la violencia. Es como si todos esos cuerpos fuesen uno, el de Mishima, tras sentir cómo su interior se removía al contemplar una imagen, la reproducción de San Sebastián realizada por Guido Reni. Como si el propio Mishima viese en el contraste entre el apolíneo cuerpo del santo y la negrura del escenario, la línea de unión entre vida y destino; entre los misterios de la belleza y del corazón solitario. Por eso, la primera aparición de Mishima viene precedida de unas estatuas inmóviles, bellas y a la vez banales, porque su belleza prevalece por encima de lo pasajero.  Por eso Mishima acaba siendo un escritor solitario, egocéntrico y desbocado, porque no quiere acabar como las estatuas de su jardín: demasiado bellas como para considerarlas auténticamente bellas, porque en su quietud huyen del conflicto; porque su corazón está detenido.

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Hay películas en las que el protagonista aparece muerto desde el mismo inicio, y lo que sigue a continuación no es más que una crónica de su último aliento. La primera escena lo dice todo. Sin embargo, en Mishima, a pesar de conocer su desenlace, hay un poso de desesperación, casi propio de una película de suspense —en parte, por la marcial banda sonora de Philip Glass—, que hace que el relato de su personaje zozobre hasta llegar al final, a su suicidio ritual. Es un retrato que pretende plasmar los contradictorios sentimientos de Mishima; comprenderlos para poder demostrar todo eso que hay tras nuestra existencia, que a menudo juzgamos superficialmente. Una historia que sólo atrapa lo trascendente cuando se destruye a sí misma: cuando Mizoguchi quema el templo del pabellón dorado; cuando Osamu yace muerto a causa de sus constantes mutilaciones y contusiones; cuando Isao se suicida a la vera de la playa. En fin, cuando Mishima acaba con la imagen que proyecta mientras chilla extasiado antes de que su cabeza sea cercenada por la espada.

Lo bello

Todos sus personajes tienen algo de Paul Schrader y cada concepto teórico que maneja, ajeno o no a su educación, aparece impregnado de su estilo. Irena y Paul Gallier exhiben esa belleza monstruosa cuando sus pieles se rasgan y surgen panteras de su interior. Del mismo modo que el tullido Cheche de El exorcista: El comienzo – La versión prohibida (Dominion: A Prequel to the Exorcist, 2005), su frustrada secuela de El exorcista (The Exorcist, William Peter Blatty, 1973) es embellecido hasta lo apolíneo por un demonio que le posee. Hay, por así decirlo, una lucha interna entre el bien y el mal, entre la certeza y el desconocimiento, que la belleza expulsa al exterior. Quizá porque es la fachada del corazón. Por eso, en Mishima interior y exterior, personajes y decorados, son bellos; a veces, tan arrebatadoramente, que parecen una farsa, un engaño que oscurece el verdadero objetivo del filme: retratar la búsqueda incansable de un escritor por conseguir expresar lo que le remueve interiormente. Tal y como el propio Schrader ensaya con cada uno de sus mejores filmes-exorcismos.

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No sé si equivocadamente, Mishima da la sensación de ser un biopic en destrucción; una visión de un artista al que va despojando de sus múltiples capas hasta quedarse en lo que precede a la nada. Hasta llegar a Hiraoka Kimitake —el auténtico nombre de Yukio Mishima— y escribir su muerte como el paso definitivo para quebrar las normas de una sociedad demasiado angosta, que no puede tolerar un corazón tan vasto. Tan intenso, que hasta el dolor se vuelve bello y toma la palabra para describir sus emociones. Como decía Keats, «un poco de belleza es gozo para siempre/su encanto aumenta: nunca pasará hacia la nada».


[1] Mishima inicia Confesiones de una máscara (1949) con una cita del escritor ruso.

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