Criticas

Tensión sexual no resuelta


Odiar en tiempos revueltos

Esto lo arreglamos entre todos dice una campaña que nos toma por tontos. Muy pronto han salidos grupos alternativos en Facebook pulsando un poco el estado de la gente en general. Que lo arregle quienes lo jodieron, sus putas madres o sus sobrinos viudos. Cosas así como extremas pero graciosas. El odio siempre agudiza los sentidos incluso el sentido del humor, ese sentido que no sabemos si será séptimo u octavo pero que a veces se pierde o dormita o vomita cuando los toca el amor. Nunca tenga más ganas de partirle la cara a alguien por la calle (por la cara) que cuando me dicen que estoy enamorado. Nunca tengo más ganas de abrazar a un taxista por no meterme en un atasco que cuando reboso de odio.

Son las dos caras de una misma moneda, los nudillos de dos puños distintos, el ying y el yang del yo, el ego dividido en fragmentos de ida y vuelta. Por eso uno cuando sale de ver la tercera película de Miguel Ángel Lamata no sabe si amar al prójimo u odiar al siguiente. No sabe si sonreír de insatisfacción o llorar porque todo es absurdo (y al final tiene gracia). Su mezcla de referencias, sus trucos de guión, su convencimiento de dotar a la comedia estúpida de inteligencia son digna de alabanza y, al ratito, de pereza. Su adicción por la huida hacia delante, su concienzuda estructura narrativa y sus apuntes verdaderos (el odio que nos conduce al deseo, el amor que nos domeña hacia la rutina) dentro de la artificiosidad más imbricada logran llamar nuestra atención por encima de la media televisiva de las propuestas cómicas de nuestro país.

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Porque Lamata cuenta con estrellas televisivas para subvertir la propia naturaleza de su naturaleza y de su lugar en el orden natural. Lo primero porque los roles van a por setas, su imagen se trasviste de manera disfuncional en el contrario de su propia conciencia simbólica. O lo que es lo mismo: nada es lo que esperamos porque esperamos en la parada equivocada. Nada significa lo que nos han dicho que quiere decir. Lamata utiliza a Muñoz, Ruiz y Salamanca como detonantes y a Joaquín Reyes, Salomé Jiménez y Samuel Miró como radio de acción. Al contrario de lo que habría hecho cualquiera. Y eso es de agradecer. Muchos le podrían llamar a esto posthumor pero afortunadamente el director zaragozano no pertenece a ningún grupo de amigos.

Lo segundo porque esta comedia que parece de carcajada abierta es más bien de sonrisa cerrada. En parte porque muchas de las situaciones fracasan por falta de medios o de recursos, en parte porque no oculta el reverso humano de unos personajes que todo el tiempo se comportan como piezas de un puzle que no encaja. Los referentes están más en los cines americanos que en los plasmas españoles. Afortunadamente.

Y sin cambiar de tema, pronto se estrenará Que se mueran los feos y la gente irá al cine a sentirse en la comodidad de lo establecido, pero Tensión sexual no resuelta se atreve a plantear cuestiones sin asegurarnos una plantilla con respuestas. Lástima que por el camino se llegue a un final, que aunque se presume paródico, desmerece la valentía inicial.

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