Criticas

La vida en tiempos de guerra


Reencuentros

Palíndromos (Palindromes, 2004), la penúltima película de Todd Solondz, se abría con una fúnebre dedicatoria: “In Loving Memory of Dawn Wiener”. No creo ser el único seguidor de su filmografía que tuvo un escalofrió al reconocer el nombre de la protagonista de Bienvenidos a la Casa de Muñecas (Welcome to the Dollhouse, 1995). Este pequeño detalle revelaba dos ideas harto significativas para comprender algunas cosas que deben ocupar un lugar preferente en la cabeza del director, al menos en estos últimos años. Por un lado, la voluntad de dotar a su universo de cierta tridimensionalidad, algo que termina de hacerse explicito abriendo el film con el funeral de Dawn, recuperando a su hermano mayor Mark (interpretado en ambas películas por Matthew Faber) y haciendo que la protagonista de este sutil spin-of, Aviva, fuera la prima pequeña de la finada anti-heroína. Pero, más importante aún, también dejaba claro que Solondz es un autor que siente una tremenda responsabilidad para con sus criaturas, acompañándolas incluso en el fuera de campo, cuando la ficción ya ha terminado. No tengo del todo claro si era necesario (o lógico) que Dawn se suicidase, pero sólo así comprendemos que lo mostrado en Bienvenidos a la Casa de Muñecas no era tanto el calvario del personaje como el momento pregnante que contiene todo el dolor que sentirá a partir de entonces.

Así pues no es tan extraño que Solondz haya querido acercarse de nuevo al mosaico humano de Happiness (1998) con La Vida en Tiempos de Guerra, film que también hace albergar la sospecha de que esta suerte de secuelas son la manera que tiene el director de hacer explícita una pena que, hará cosa de diez años, algunos quisieron interpretar como misantropía. Tanto esta como Palíndromos obligan a revisar su obra anterior con la risa en cuarentena, atentos a cualquier gesto o frase susceptible de cobrar un nuevo significado. Puede que no sean sus obras más redondas pero sí resultan apéndices indispensables que dotan de mayor hondura a su arte. El mayor problema que encontramos en La Vida en los Tiempos de Guerra deriva del extrañamiento metalingüístico al que el director ha querido someter a su creación. Uno de los aspectos que hacía de Happiness un film inolvidable era la perfección de su casting, lo adecuado que resultaba el cuerpo de cada actor para su personaje. Cambiar por completo el elenco puede funcionar a un plano conceptual pero (y es un riesgo del que Solondz debía ser perfectamente consciente) sacrifica la verosimilitud de lo narrado. Y no sólo porque la mayor parte del nuevo reparto parezca estar imitando a sus antecesores: ver, por ejemplo, a Michael K. Williams (el Omar de The Wire) en la piel del compungido obseso al que antes dio vida Philip Seymour Hoffman resulta poco menos de grotesco —tampoco ayuda que Solondz le otorgue tan poco tiempo para hacer suyo el personaje—. Más sentido tiene sustituir a Jon Lovitz por Paul Reubens, ya que ambos son cómicos con un notable perfil trágico —y con un patetismo que no encontramos en el siempre circunspecto Bill Murray, más adecuado para el hieratismo hipster de Wes Anderson—. La biografía de Reubens también parece denotar que su elección no ha sido nada casual (algo que el director se ha encargado de confirmar en entrevistas)[1]. Hay, eso sí, dos actores que logran hacernos olvidar el mecanismo post-moderno: Allison Janney, una Trish más amarga y asustada (¿madurar era esto?) y, por encima de todos, Ciarán Hinds. Su físico hosco y encallecido contrasta visiblemente con el de Dylan Baker, pero interioriza al pederasta Bill con mirada de animal (presuntamente) capado. El diálogo que mantiene con su ya universitario hijo marca —otra vez— el punto álgido de un film que en su recta final vuela a una altura que sólo alcanzan aquellos creadores con una empatía libre por completo de cinismo. Puede que el Perdón, idea alrededor de la cual gira el film, no llegue a todos los personajes —o lo obtengan sin saberlo— pero lo más importante es que Solondz sigue empeñado en filmar a sus hijos como humanos, no como monstruos. Por eso su cine levanta tantas ampollas y genera tantos interrogantes. Porque no se trata de que el carcelero de Amstetten tuviera amigos y se fuera de vacaciones. Lo extraño aquí es que eso nos sorprenda, que en ningún momento le hayamos imaginado en otro lugar que no fuera su sótano.

Pero, más allá de experimentos y juegos de resonancias internas, lo que más nos turba en La Vida en Tiempos de Guerra es su condición de secuela a destiempo. No esperábamos volver a saber de estos personajes y, visto lo visto, quizás algunos hubieran preferido no volver a cruzarse con ellos. Se trata de un caso diametralmente opuesto al de Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010), un film balsámico para los personajes de la saga y para quienes hemos crecido con ella. Hemos cambiado, pero el reencuentro con Woody, Buzz y compañía ha sido cálido, sin cortocircuitos. Diré más: necesitábamos que se hiciera (que se hiciera así) para poder despedirnos de Woody, Buzz y compañía. Para dejarlos ir.

Aunque creamos lo contrario, quizás nosotros también necesitábamos La Vida en Tiempos de Guerra. Aunque se nos haga raro. Aunque ya no nos riamos como antes. Porque han pasado diez años y las cosas han cambiado. La incomodidad que produce el film de Solondz es parecida a la que nos asaltaba al ver Texasville (Peter Bogdanovich, 1990), la muy olvidada secuela de La Última Película (The  Last Picture Show, Peter Bogdanovich, 1971). Aquél film nació con voluntad desmitificadora respecto a la época que le precedía, pero su desazón fue romantizada con los años. Texasville actuaba así como severo correctivo hacia esas lecturas, cambiando pesadumbre por cínico descreimiento, el desértico blanco y negro por colores casi chillones. Debajo de todo eso la pena seguía allí, pero era una pena sin lírica, una pena exasperada, de mediana edad, no muy distinta a la que encontramos en las más recientes películas de Solondz.

También Hal Hartley probó hace no mucho un experimento similar con Fay Grim (2007), film que recuperaba a los personajes de Henry Fool (1998) —un título ya crepuscular dentro de su filmografía—, haciéndoles bailar al ritmo de thriller en aras de un ignoto capricho del autor. La jugada le salió un poco rana porque con el paso de los años el cine de Hartley ha perdido su contexto y, con él, su sentido. Casi todos los planos de Fay Grim están torcidos, como si el director estuviera incomodo, como si hubiera perdido la mirada del tigre —y Hartley la tuvo— y se viera condenado a hacer ejercicios de pura retorica. El fin de la bonanza indie también afectó a Solondz, quien la pilló ya en sus últimos estertores[2]: a partir de Cosas que No Se Olvidan (Storytelling, 2001) sus filmes se espacian cada vez en el tiempo, debido principalmente a las dificultades para encontrar financiación. Quizás por eso el hiperrealismo suburbial de antaño ha ido adquiriendo un componente antinatural que en La Vida en Tiempos de Guerra nos lleva a preguntarnos si todo lo que vemos no será más que una alucinación. Pero ¿de quién? ¿Del cineasta? ¿De uno de los personajes?[3].

Pensándolo bien, no sería una mala definición para el film: un sueño habitado por fantasmas pasados, presentes y futuros; con algo de déjà vu y de pesadilla circular. Y que, como todos los sueños, contiene algunas verdades que no somos capaces de admitir en voz alta.


[1] En 1991 Reubens fue detenido durante una redada en un cine-X, algo que truncó la imagen como estrella familiar que se había forjado gracias al personaje de Pee-Wee Herman. Más perturbador fue su arresto en 2002 por presunta posesión de pornografía infantil.

[2] De hecho, podría entenderse Happiness como un rotundo canto de cisne que pone un punto y aparte ante un relevo generacional que aguará la esencia Sundance esperando dar con el sleeper de turno

[3] En eso tiene mucho que ver la fotografía quemada, intensísima, de Edward Lachman, que ha permitido a Solondz hacer su film más manifiestamente plástico hasta la fecha. No debe ser casualidad que Lachman haya trabajado también con Ulrich Seidl y Larry Clark, con quien co-dirigió Ken Park (2002), otra historia de angustia canicular.

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