Criticas

La noche más oscura (Zero Dark Thirty)


Fríamente, con motivos personales

El pasado

Diversos pensadores y filósofos plantearon, tras la masacre que fue la Segunda Guerra, no sólo que el mundo ya no volvería a ser el mismo sino que los modos de representación ya no podían ser los mismos. Algunos de ellos, concentrados en torno a Cahiers de Cinema, reivindicaron un nuevo cine y, finalmente, un puñado de jóvenes turcos elaboró lo que se planteó como un cine rompedor, una ola que pretendía crear obras con un nuevo aliento, desde una postura de denuncia de la pequeña burguesía y reivindicando un talante izquierdista y, a menudo, antiamericano. El respeto por clásicos como Ford, Hawks o Walsh iba de la mano de denuncias del imperialismo yanqui en Latinoamérica y el sudeste asiático. Con el tiempo, muchos de ellos se acomodaron a su estilo, que llegó a tener categoría de marca de fábrica, y aunque no dejaron de elaborar obras de calidad, se integraron en la industria y suavizaron el tono. Revolucionarios persistentes, Chris Marker y JLG, prosiguieron sus solitarias singladuras, símbolo de lo que una vez fuera la Nouvelle Vague, tan icónicos como el retrato del Che en tantas camisetas o vallas publicitarias.

Es triste pensarlo pero el tiempo pasa y, además, nos cambia. Es difícil imaginar ahora una airada reacción de la crítica como la que en su momento algunos lanzaron desde revistas especializadas contra melodramas por considerarlos defensores del imperialismo o de la propia CIA. Sería interesante revisar la acogida hostil en textos con respecto de un melodrama como El cazador (The Deer Hunter, M. Cimino, 1978) frente a otro de aire progresista como El retorno (Coming Home, H. Ashby, 1978), por considerar el primero claramente proamericano. Algo parecido a lo que sucedió con un director reputado que “se atrevió” a defender a la Agencia en Los aristócratas del crimen (The Killer Elite, S. Peckinpah, 1975). Desde entonces han pasado muchos años, tantos que parece que haya pasado un siglo entero. Y la realidad es que el enemigo no está en América sino que lo tenemos mucho más cerca de casa y no tiene sentido alguno, ni ético ni estético, juzgar una película por su contenido. Y sin embargo…

La herida

Hace ya 12 años me enteré, en medio de la selva etíope, de que un bárbaro ataque terrorista había herido el corazón de Occidente provocando 3000 muertes. Me sentí atónito, aunque aquellos muertos me fueran desconocidos habitantes de Yanquilandia. Pero más atónito me sentí cuando, 4 días después, contemplando las imágenes en un restaurante del país, todo el público se levantó aplaudiendo y lanzando gritos de júbilo mientras miraban en el monitor de televisión la enésima repetición del hundimiento de las torres. Aclaremos que la población de aquella zona no es musulmana sino predominantemente cristiana y/o animista. No todos somos iguales, no todos sentimos igual. Es por supuesto una obviedad, pero nuestra apreciación del entorno, real o fílmico, está condicionada, inevitablemente, por nuestro contexto.

La directora y la película

Kathryn Bigelow construye su película como la crónica de una venganza. La obsesiva elaboración de dicha venganza. Y si ya demostrara su gran capacidad profesional en su obra previa, se reafirma plenamente en esta ocasión. Bigelow narra con tono frío, casi periodístico, la compleja, laberíntica, odisea de una agente de la CIA, Maya, en pos de Bin Laden. Presenta las pistas falsas, las idas y venidas de suposiciones y estrategias, los desencuentros burocráticos en pasillos, las torturas en hangares vacíos, la contrariedad que supuso el triunfo de Obama y el rechazo de dichas torturas, los atentados y las bajas en acto de servicio, las nuevas esperanzas de éxito, las apuestas probabilísticas en un despacho al otro lado del mundo para decidir si había o no intervención y, finalmente, el asalto a una residencia fortificada y el asesinato de los habitantes adultos frente a los niños que les acompañaban. Maya pide que encuentren a Bin Laden, le maten y lo traigan muerto. Al final la agente resuelve su “caso”. Completa su objetivo, su venganza, personal. Y queda aislada en una suerte de vacío, una vez su razón de ser ha desaparecido.

Bigelow desarrolla la trama de modo eficiente y efectivo. Sobran pocas escenas, se facilita gran cantidad de información y, pese a ello, la cinta resulta ágil, manteniendo la tensión en una historia cuyo final ya conocemos. La puesta en escena nerviosa y la edición elaboran un aparente producto de ficción que se nos presenta como una crónica de la realidad.

Aparentemente no hay conflicto de valores, no debería haberlo. No hay escenas heroicas ni reivindicación patriótica. Si acaso, en una película protagonizada por una workaholic (excelente Jessica Chastain), hay reivindicación del trabajo en equipo, de la profesionalidad. La falta de la misma, los arrebatos, las imprudencias,  llevan al fracaso e incluso a la muerte. La película se pretende como absolutamente objetiva, no evitando las escenas de torturas, refiriéndose a las muertes causadas en los atentados y también mostrando crudamente como el ejército dispara y remata a civiles en caso de duda, incluso por la espalda. No debería sesgarme en mi apreciación de la película por creencias personales, recordando la calidad de obras de una simpatizante nazi como Leni Riefenstahl o la apología de la delación de La ley del silencio (On the Waterfront, E. Kazan, 1954)

…Y sin embargo…

Se ha planteado La noche más oscura como una suerte de Zodiac (D. Fincher, 2007) o como una prolongación inevitable de En tierra hostil (The Hurt Locker, K. Bigelow, ). En el caso de la primera, no obstante, la situación era distinta. La frialdad expositiva y los distintos puntos de vista, junto a los continuos callejones sin salida a los que la investigación llegaba,  provocaban una desazón ante la búsqueda de un fantasma desconocido, no ante un fantasma escondido como era el caso de Bin Laden. Respecto a En tierra hostil la situación también cambia. La abstracción de todo contexto (podía tratarse de cualquier guerra, de cualquier ejército) permitía ver el thriller como una obra psicológica de un hombre contra sí mismo, en contexto bélico.

La noche más oscura está tan lejos de ambas como lo está de un documental real porque los documentales, los de verdad, no son objetivos aunque algún director quiera negarlo. La selección de imágenes, de entrevistados, de punto de vista de la cámara, de tomas escogidas para el montaje final, del sonido, niegan absolutamente la objetividad en el género que antaño se planteó, por algunos, como tal. Buen ejemplo es Into the Abyss, (W. Herzog, 2011) que aborda el tema de la pena de muerte sin, aparentemente, tomar partido pero que mediante las referidas estrategias borra todo atisbo de objetividad. Y ahí veo el problema. Ahí me duele La noche más oscura. En su pretendida neutralidad. Porque aunque no ondea la bandera estadounidense, aunque no suena el himno, aunque el final es sobrio… no hay valoración alguna de otras opciones, no hay otros puntos de vista. Las torturas son reprobables (desagradables) pero útiles. No vemos el cadáver del prisionero, aunque se aclara que nunca saldrá de allí. No se nos explica tampoco hasta qué punto es útil la muerte de Bin Laden. De hecho, repetidamente, un superior de Maya, reivindica la necesidad de protección de suelo americano (del Homeland) antes que la venganza. No se hace referencia al impacto de Al Quaeda en otras áreas, ni referencia a las víctimas de Madrid ni los secuestrados en África…

Aunque yo no esté con los integristas, La noche más oscura me duele porque es una gran película hecha por “los otros”. O tal vez, por basarse en una pretendida objetividad. Se dice que Bigelow y su guionista trabajaban en un final distinto cuándo se publicó la noticia de la captura y muerte de Bin Laden. Vaya usted a saber. Tal vez es el arma definitiva de la CIA  para convencernos de que Bin Laden está muerto. Tal vez no sea así, tal vez nunca existió tal personaje. Los únicos que existieron fueron los muertos desperdigados por todos el planeta, más allá de los Estados Unidos, más allá de Irak y Pakistán. Tal vez la muerte sea lo único objetivable… La noche duele.

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