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Zodiac


Alégrame el siglo

Hace 36 años Donald Siegel tenía en su haber al menos una obra maestra, La invasión de los ladrones de cuerpos (obviemos ahora la discusión sobre sus implícitas metáforas) y cerraba su filmografía con otra obra maestra, Fuga de Alcatraz. No obstante, fue un director infravalorado en su época hasta que lo documentaron, tal vez sobrevalorándolo CahiersDirigido… en los 70, Donald Siegel realizó en 1971 una cinta que ha llegado a ser un clásico: Dirty Harry. Curiosamente, aquella película áspera, sucia, tan propia de su década (como eran Madigan, Brigada CriminalLos nuevos centuriones de Fleischer o French connection de Friedkin) es ahora vinculada a su protagonista, Harry Callahan, es decir, el ínclito Clint. “Make my day” (“alégrame el día”), proclamaba el sucio Harry, las manos manchadas de mostaza, mientras encañonaba a un delincuente, ávido de vaciarle el cargador en el cuerpo. “Make my day”, coreábamos los poco políticamente correctos espectadores de la época cuando de nuevo Harry Callahan encañonaba al asesino del Zodiaco para descargar su Mágnum contra el sádico asesino que había secuestrado un autobús lleno de niños chillones.

Ha pasado un montón de años, Siegel está olvidado y Eastwood es ampliamente venerado, siendo identificado erróneamente como el autor de la trilogía de Harry Callahan (parece que Sergio Leone ha perdurado más en la memoria). Y no deja de ser curioso, en este siglo de incertidumbre, enfrentarnos de nuevo al asesino del Zodiaco de la mano de David Fincher. Solo que ahora ya no es posible hacerlo del mismo modo. No podemos permitirnos un nuevo Callahan acribillando al rubio Satanás. Tampoco, ni mucho menos, podemos colocar un desgarrado, valeroso y sacrificado policía frente al sádico megamalvado que ha asesinado a su esposa como sucedía en la postmoderna Seven. Simplemente, ahora, no hay malvado. Cahiers habla de 2008 como el año del Mal en el Cine. Y reivindico tal opinión. Es el año de la maldad empresarial de There will be blood, de la maldad irreductible de No country for old men, y de The dark knight de la maldad organizada de la trilogía de Bourne… Pero es una maldad que parece desvelarse, desarrollarse, con el siglo y que ya estaba presente en Zodiac. Una maldad incómoda, por que no puede atribuirse ni a un asesino singular ni a un megavillano. El drama en Zodiac radica en la imposibilidad de identificar al asesino. Todos pueden ser Zodiac. O, tal vez, existen muchos Zodiac que utilizan la misma marca de fábrica. Aunque el estilo barroco, tal vez manierista, de Fincher deja atrás las piruetas visuales y argumentales de Seven, de Fight club o de Panic room (película de transición pero que mantiene las constantes temáticas de su autor, como la inversión de roles), Zodiac està lejos de la nitidez de Siegel. Sus héroes son héroes torturados. Hay una suerte de bruma en el horizonte de San Francisco que ala aleja de la luminosidad cinematográfica de los 70. Las balas vengadoras nunca alcanzarán un objetivo que no llega a situarse en el foco. Y sus protagonistas no sólo no capturaran al asesino sino que caerán, a nivel personal o profesional, por el camino. El héroe más positivo perderá la familia en un afán policiaco sólo explicado a medias y conseguirá su objetivo de modo postrero y algo frustrante.

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Fincher encarna en su mejor película el mejor cine del siglo XXI. Si los 70 representaban la pérdida de los ideales, el fin del sueño americano desgarrado por la tragedia de Vietnam, el cine que encarna Fincher es la derrota de los bloques. Caído el comunismo, el capitalismo se revela vacío (excepto para aquellos pocos que puedan alcanzar poder y gloria), doloroso y cruel. Zodiac es una cinta laberíntica sobre la vida en el laberinto. Un laberinto en el que acecha un Minotauro y en el que todos se pierden tratando de cazarlo. La salvación llegará de modo individual y en la medida en la que se la plantea cada personaje (cada uno a su modo, como los protagonistas de The dark labyrinth, de Lawrence Durrell), estando limitada a aquellos que sean constantes, humildes y honestos, como modernos caballeros. En realidad el protagonista de Zodiac no es el asesino invisible, fugaz, inaprensible que buscan periodistas y policías. Los protagonistas de Zodiac son los miedos a los que la nueva sociedad debe enfrentarse. Miedos basados en el desconocimiento, en la incertidumbre, en la consciencia de nuestra fragilidad y nuestros límites. Y las armas para derrotarlos no son Mágnum 45 sino la inteligencia y la serenidad. Sin duda, armas que permitan la supervivencia del ciudadano de a pie en un nuevo mundo tan cotidiano como hostil.

37 años más tarde no sorprende que al año siguiente de Zodiac alcance la cartelera una cinta tan incómoda como Changeling. Si Don Siegel nos permitía la catarsis en Dirty Harrycon los balazos que su héroe propinaba a Zodiac, el maduro Harry que es ahora Clint Eastwood no nos permite respiro alguno. Clint deriva del thriller al suspense judicial para, viagore, alcanzar el melodrama. Más allá del pastiche genérico postmoderno, se alcanza a un desequilibrio emocional que salta de la protagonista al espectador. La ejecución del sádico asesino de niños no satisface a nadie. El mal deja una huella perturbadora que no permite creer en su erradicación. Del mismo modo Fincher nos anunciaba en Zodiac que no hay paz posible. Aunque se hubiera identificado al asesino, aunque hubiera sido ejecutado, su sombra persistiría, con malicia, de modo amenazante, en nuestras afligidas consciencias del siglo XXI.

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