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Plan oculto


La ciudad dormida

Aún faltan unos meses para su comercialización y en Microsoft andan refinando su nueva joya, Natal. Qué importa si revientas o no el hype construido a su alrededor cuando vendes el producto afirmando que «el mando eres tú», «usa todo tu cuerpo» o «la velocidad a la que copia los movimientos es increíble, prácticamente instantánea». La cuestión es que el gigante informático precipita una revolución y constata una realidad: el futuro es el cuerpo móvil, inquieto, agitado; da igual si es un avatar o, como en la excelente Sleep Dealer (Álex Rivera, 2008), una nueva forma de esclavitud para el obrero de las sociedades post-industriales. El resultado es que el cuerpo, eventualmente, acabará convertido en puro virtuosismo, exigiendo otra clase de narrativa de acuerdo a su renovada cosmovisión.

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El 11-S alteró nuestra forma de percibir el horror. El terror primario, dice DeLillo, «es la lluvia de teléfonos, el zapato perdido»; esos pequeños detalles que la narrativa terrorista ha robado para su iconosfera particular. Pero también el sentimiento de falta de memoria alimentado por «el esplendor utópico del cyber-capital, en el que los mercados existen sin control y el potencial inversor no tiene límites». La imagen de la ciudad ya no se corresponde con las palabras que utilizamos para describirla, porque las imágenes son tan violentas y chocantes que, literalmente, nos dejan sin habla, sin razón. Ahora la ciudad eres tú y, del mismo modo, el dolor de la narrativa terrorista recorre tu cuerpo; atenaza tus recuerdos cuando del World Trade Center sólo resta un enorme espacio vacío. Y de esa pérdida, de esa herida nace la necesidad de encontrar una forma de describir nuestra renovada percepción del miedo.

En los últimos años Nueva York ha intentado transmutar la tragedia en una inmensa metonimia —Monstruoso (Cloverfield, Matt Reeves, 2008)— que representase el Mal como la proyección exterior, en forma de criatura, de esa herida interior que consumía silenciosamente a la gran manzana; o reutilizando, como hiciera Sean Penn en el filme colectivo 11’09»1 (VV.AA., 2002), los mecanismos del horror para desvelar un halo de esperanza entre las ruinas. Contra el horror, la alegoría. Hace falta una nueva narrativa para cerrar las imágenes que ya no pueden ser vistas de la misma manera. Por eso Spike Lee —con permiso del Tony Scott de Deja Vu (2007)— es el cineasta que mejor ha reflexionado sobre la imagen de Nueva York y, en general, de los EE.UU. post-atentados. Tras el huracán Katrina, la tormenta sociopolítica se situó sobre la eficacia de las tareas de reconstrucción de Nueva Orleans, sobre la crítica gestión del gobierno Bush; en otras palabras, sobre cómo rehabilitar el sentido de una ciudad consumida. Sin embargo, ese proceso de reconstrucción, trampeado y desigual, no encuentra una correspondencia directa con el reformateo emocional de Nueva York. Mientras unos apuestan por el estómago, otros prefieren conservar la idea.

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Si Plan oculto fuese una novela, la escribiría Edward Bunker. Allí los personajes de Clive Owen y Denzel Washington acabarían confundiéndose con el decorado, porque ambos aceptarían que, enfrentados o no, tendrían que hacer un juego al margen de la autoridad opresiva, asfixiante, inamovible. Para Spike Lee la autoridad es Christopher Plummer, el anciano presidente de un banco —pulmón artificial de la reconstrucción— con ramificaciones nazis. El expolio a otros, nos dice, ha hecho avanzar esta ciudad. Y ahora que tiene que arrancar desde otras coordenadas, no podemos permitir que vuelva a suceder, porque tal vez fuese aquel acto inmoral el primer signo de debilitamiento de nuestra ciudad, nuestra cultura. De este modo, Lee reformula la historia de policías, ladrones y atracos para hacer de ese molde la posibilidad de atrapar a otro ladrón, de rebelarse contra la autoridad que opera silenciosamente mientras la ciudad duerme. Aquí el empresario es el villain, el que exhorta a escapar de una realidad mediocre a través de unas imágenes hechas de perverso optimismo. Por eso, la película se abre con Dalton Russell explicándonos los pormenores de su atraco y afirmando nuestra responsabilidad —por encima del marco empresarial, político, etc.— como constructores del relato de la ciudad. ¿Por qué? Porque podemos. Podemos reformular la narrativa, dinamitar la iconosfera del terror primario, cerrar las imágenes que ya no pueden ser vistas de la misma manera. Pero para eso tenemos que desenmascarar a la autoridad que nos vende sueños fabricados con el mismo dolor del que están hechas nuestras pesadillas (11-S, 11-M, 7-J…).

La tecnología, sea para la Wii o para Natal, nos ofrece —con sus lógicas restricciones— un papel activo en todo proceso. Ya no participamos en la aventura, sino que somos la aventura, que interpreta nuestros rasgos y modela su universo según nuestras características. Es una hermosa metáfora, en tanto implica un nuevo rol para el sujeto contemporáneo, tan acostumbrado a dejarse llevar por las derivas de las sociedades del capitalismo tardío; tan acostumbrado a imaginarse como un cerebro en la cubeta. El arte, como la tecnología, reflexiona sobre nuestras potencialidades creadoras y, en especial, sobre nuestra manera de rehabilitar un entorno familiar que ha devenido hostil. Podría parecer que Plan oculto insiste en hacer de la sospecha nuestra mejor arma. Y, sin embargo, lo que me gusta del filme de Spike Lee es que tan sólo reivindica nuestro papel activo en todo proceso. Porque, al fin y al cabo, toda esa narrativa que ha contaminado nuestras imágenes, nuestras promesas y anhelos, apela a la capacidad que todos tenemos para cambiar su sentido. Ahora la narrativa eres tú.

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