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La pianista


Así perdí mi virginidad cinematográfica

La pianista, no El pianista», había que aclarar siempre cuando se quería hablar de ella y todo el mundo se confundía con la oscarizada película de Polanski, casi contemporánea en cartelera. Y es que esto es otra cosa. La pianista es una violación cinematográfica con la que Michael Haneke quiso golpear de nuevo al espectador europeo adormecido, como ya hiciera con Benny’s Video (Benny’s Video, 1992) y Funny Games (1997), pero alejándose del terror psicológico y penetrando en un naturalismo hiperbólico que le permitió erigirse como el director de culto que es actualmente.

El film está rodado en francés a pesar de ambientarse en Viena, seguramente por cuestiones de producción y para permitirse tener a la maravillosa, perturbadora, fría, volcánica, hipnotizadora…ejem… Isabelle Huppert, en todo su esplendor, interpretando a una profesora de piano, el papel de su carrera, aunque luego quisieran aprovecharse de la estela del morbo otras producciones mucho menos logradas como hizo Cristophe Honoré en Mi madre.

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El guión no es original de Michael Haneke, pero seguramente le vino al pelo poder adaptar la controvertida novela de Elfriede Jelinek por compartir su interés de criticar la sociedad austriaca «dominada por la hipocresía de la clase pequeño burguesa y que no ha conseguido superar todavía su pasado nazi». Es cierto que los estereotipos de burgueses de comportamiento frío y educado, pero que esconden un torrente de perversión detrás, resultan tremendamente verosímiles enmarcados en la sociedad austriaca actual, que nos reserva a veces ciertas sorpresas como el célebre monstruo de Amstetten. Entonces, ¿por qué no íbamos a creernos el personaje de Erika?

En el prólogo se presenta ya uno de los elementos clave de la historia: la madre de Erika, interpretada por Annie Girardot, sustituyendo sin quedarse atrás a la actriz pensada inicialmente, Jeanne Moreau. El personaje de la madre da miedo, inquieta, y vuelve a justificar todos los desvaríos de Erika. La oprime, le controla cada uno de sus movimientos de forma compulsiva, y entendemos que la pobre hijita por algún lado tiene que salir, aunque sea en forma de trastorno múltiple. Ella quiere sentir, ya sea cortándose con cuchillas de afeitar, espiando parejas o tocando a Schumann. Tiene toda su doble vida muy calculada hasta que aparece el señorito Walter Klemmer que con su osadía al piano le perturba y con su atrevimiento en las relaciones personales ha terminado por cautivarla. La historia cumple las líneas de un melodrama clásico de chica-es-cortejada-por-chico, pero llevado a los límites del postmodernismo. Erika realmente estaba buscando a su príncipe azul para que la pegase, forzase y sodomizase, sin embargo, no todo es fácil en las relaciones amorosas. Asistimos a una tensión sexual no resuelta durante varias secuencias, la cual tenemos hasta miedo de que se resuelva. Su príncipe azul acaba siendo platónico, así es la vida.

La realización de Haneke es impecable, se desliza a lo largo de todo el metraje de manera fluida pero cuidada, creando un halo blanco entorno al mundo de la pianista —el colmo del producto bien acabado llegará años más tarde con la exquisita fotografía de La cinta blanca (Das weisse Band – Eine deutsche Kindergeschichte)—. Alterna planificaciones transparentes, naturalistas, con planos ligeramente manieristas con los que resaltar elementos importantes en la narración ya sea la interpretación de piezas de Schubert al piano o una felación en el baño (imagen que acabaría siendo el cartel de la película).

La pianista me incomodó y me hizo mirar con suspicacia la sociedad y todo el cine posterior. Haneke, lo bueno que tiene, es que realmente no deja a nadie indiferente, y posee todos los ingredientes necesarios para un cine de calidad, polémico, pero de calidad. La secuencia resumen de los sinvivires de esta respetada pianista es el montaje en paralelo de un aburrido ensayo con unos colegas con sus aventuras en sex-shops y peep-shows. Haneke nos introduce en su realidad socialmente enferma al ritmo de su compatriota Franz Schubert, invitando a bailar de la mano a lo sublime con lo más visceral.

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