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Amanecer de los muertos


Manel Loureiro, autor de la trilogía Apocalípsis Z, hace pocos días comentaba lo siguiente en una entrevista concedida a El Periódico de Catalunya: «[los zombies] siempre aparecen en épocas de máxima tensión. Surgieron a principios de los 70 con la crisis del petróleo, reaparecieron a mediados de los 80 con el peligro de la guerra nuclear, volvieron con el pico de crisis de los 90 y regresan con la actual. Significan el caos, la pérdida de tu universo».

El cine nació como espectáculo de feria y es precisamente esta condición popular la que, sin lugar a dudas, ha determinado que sea este el arte que mejor ha sabido entender y reinterpretar los códigos sociales.

Lo real siempre irrumpe de una forma u otra en pantalla y es en el cine fantástico y de terror donde esto puede apreciarse con mayor fuerza; detrás de todos los monstruos que pueblan estas películas, desde Godzilla hasta Freddy Krueger, puede apreciarse el reflejo deformado de los miedos de la sociedad que habitan.

La masa zombie, desde el mismo momento en que abandonó sus orígenes tropicales (los esclavos negros dominados por el hombre blanco) y pasó a instaurarse en el corazón de las sociedades occidentales, ha simbolizado el miedo a la perdida de la identidad individual provocado por los efectos de la crisis. Es decir, el terror que provoca que de repente todos pasemos a ser lo mismo: pobres.

El director más consciente de este fenómeno y el que más ha trabajado esta vertiente ideológica del género es, evidentemente, George Romero.

Desde su mítica The Night of the Living Dead (1968) hasta la más reciente Survival of the Dead (2009) el realizador neoyorquino ha cargado sus tintas incansablemente contra todo aquello que transforma al ser humano en zombie, pero era quizá en su filme Dawn of the Dead de 1978 donde lo hacía con mayor frontalidad y violencia.

Televisión y centros comerciales, estos eran los verdaderos monstruos de la sociedad moderna y Romero los señalaba directamente como los culpables de la idiotización de las masas. La carga ideológica y política era muy fuerte en este trabajo y por eso, el propio director quedó profundamente defraudado con la revisión realizada 26 años después por un desconocido debutante llamado Zack Snyder.

En el filme homónimo de 2004 los referentes parecían haber abandonado el mundo real y haberse emparentado con elementos menos tangibles como el universo de los videojuegos (la saga Resident Evil) y el propio cine (los infectados violentos de 28 días después).

Cierto es que en la nueva versión se conservaban algunos elementos del original como la ubicación de los protagonistas en el centro comercial y también el uso de imágenes televisivas para dar cuenta de la magnitud mundial de la tragedia pero también lo es que estos tienen más de recurso formal que de posición ideológica.

En la nueva versión de Dawn of the Dead no hay en apariencia el espíritu subversivo que si palpitaba con fuerza en la película de Romero pero esto, que nadie se confunda, no significa que éste no exista sino que, sencillamente, se ha transformado con el paso del tiempo.

La crítica de Snyder ya no está en el espacio ni en el entorno sino en el interior mismo de los personajes y su mensaje no es de resistencia sino de ataque.

El remake de Dawn of the Dead es uno de los filmes más descaradamente punk de todos los tiempos no ya por su ritmo endiablado y sus zombies frenéticos sino porque supone una oda salvaje al no future como rara vez se había visto antes en el género.

Si pensamos fríamente en el argumento veremos que hay un movimiento planetario, algo que está amenazando al orden mundial y que un grupo de gente, por miedo a perder su forma de vida decide refugiarse en su pequeño paraíso capitalista (el centro comercial). Escapar frente a una situación anómala, eso es lo que siempre proponen la mayoría de estos filmes y por eso el final de la película de Snyder es tan importante.

En 1978 el futuro de los personajes era incierto (dos personas solas volando en helicóptero sin apenas combustible) pero en 2004 no hay lugar a dudas; cuando parece que los supervivientes han conseguido huir por mar y establecerse en una apartada isla la horda de zombies emerge de la selva y los devora furiosa.

Este final, que puede parecer totalmente oscuro y falto de esperanza, es realmente uno de los más brillantes dentro de este subgénero ya que propone un salto al vacío, un primer paso hacia ese otro lado del que siempre se había huido por inercia y que a fin de cuentas puede que sea la única alternativa válida para volver a empezar de nuevo.

Todos nosotros, tarde o temprano, acabaremos formando parte de esa masa salvaje y desesperada así que porque no aceptarlo de una vez por todas sin miedo y gritar a viva voz: «¡El futuro es de los muertos!, ¡Larga vida a los muertos!»

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