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Amanecer


El amanecer de un nuevo mundo

¿Cómo tratar un clásico reverenciado (reverenciable) como Amanecer? Cualquier halago, por pequeño que sea, es vano. Cualquier comentario despertará ecos de palabras escritas muchas veces. Tal vez lo más correcto es simplemente recomendar su visión a aquellos que no la haya visto todavía e instar a revisarla a aquellos que ya la conozcan.

O, quizás, lo más adecuado sea destacar su vigencia, su capacidad de síntesis y su fluidez. Amacecer , en comparación con otras obras del mismo autor, no tiene la densidad de Fausto, (Faust, eine deutxche volssage, 1926)  los brillantes travelling de El ultimo (Der letzte Mann, 1924) o las  turbadoras imágenes de Nosferatu, el vampiro (Nosferatu, eine simphonye des grauens, 1922). También hay un punto de incomodidad para el espectador contemporáneo en su final feliz .Y aun así, Amanecer resulta una obra atractiva y plenamente actual. La oportunidad brindada en Hollywood a Murnau fue aprovechada por el director para integrar en la narración los efectos visuales que le permitían expresar el frenesí de los urbanitas en su desplazamiento vacacional, primero, y en sus calles y centros de diversión, más adelante. Murnau recurre a la profundidad de campo para enriquecer las secuencias y usa oportunos travelling (el paseo de la mujer de ciudad por la calle del pueblo, al encuentro de su amante) y efectos visuales (fundidos y transparencias mayormente) que no resultan ostentosos sino que propulsan la acción, sintetizan la narración y otorgan agilidad a un cine dramático que sufría de teatralidad.  Ello permite como en buena parte de su filmografía que se pueda prescindir casi en su totalidad de carteles explicativos. La obra de Murnau no justifica el cambio al sonoro. Su estilo elevó el Cine  a las máximas cotas expresivas y sigue siendo modélico.

En cuanto a la historia que cuenta en esta Canción de dos humanos, Murnau evita aparentemente la complejidad. Pero ello no significa simplificación. Se trata del encuentro entre dos mundos, ciudad y campo, pero también del descubrimiento del mundo interno de la pareja, de los respectivos cónyuges. Para evitar un enfrentamiento maniqueo entre asfalto y tierra, entre falsedad e inocencia, en un argumento que pronto deja de lado al personaje en discordia, el director enriquece la trama con gags oportunos que evitan la sensiblería: la actitud de paletos de la pareja en la peluquería, la persecución del gorrino, el tirante de la mujer que cae repetidamente en la escena del baile folklórico evitando la cursilería, la búsqueda de un beso furtivo por parte del pescador frustrada por un pescozón… Pero, curiosamente, pese a esta descripción acertada del ambiente rural y del urbano, Murnau elabora en Amanecer un tono onírico. En sus primeras imágenes se solapan los medios de transporte que llevan a la gente de la ciudad al campo (imágenes que rememoran aquellas recogidas por los Mélies en sus documentales sobre actividades sociales de los burgueses franceses). Un trayecto que un insólito tranvía, con parada en el monte, invertirá llevando a la pareja protagonista, a través de los bosques, del campo a la ciudad. Precisamente allí, al punto más bullicioso, dónde los efectos especiales y  el famoso fundido encadenado transforman la urbe en un paisaje idílico que, a su vez, mutará en un atasco provocado por la abstracción de los pueblerinos fundidos en un beso de reconciliación (uno de los ósculos más antológicos en la historia del cine). Trucajes que les llevan, casi sin que ellos ni el espectador perciban cómo,  a la feria, al baile y al restaurante antes de regresar a su realidad, a la realidad…  El tranvía aparece pues como el transporte a un mundo, a un espacio, alternativo dónde la pareja puede resolver sus problemas. Algo así como el tren acuático que permitía a la protagonista de El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi, Hayao Miyazaki, 2001) avanzar hacia una explicación que facilite la resolución de su problema en un mundo onírico o el metafórico autobús de Subida al Cielo (Luis Buñuel, 1952). La resolución tendrá lugar, sin embargo, en su mundo, en la realidad más dura, pareciendo que su viaje a un país de Oz no sea sino una alucinación que les permita enfrentarse a las marejadas de sus almas. Amanecer se aproxima pues a cintas que mezclan realidad y fantástico como Fausto o Phantom (1922).

Murnau retomaría el enfrentamiento entre ciudad y campo en el excelente drama City girl (1930). Aquí resuelve el conflicto en temas racionales y mantiene el mismo pulso narrativo que Amanecer elevando la complejidad de personajes y situaciones. Tabu (Tabu, a Story of the South Seas, 1931) marcaría un abrupto punto y final a una carrera que podría haber llevado a Murnau y al curso de la historia del cine mucho más lejos. Una filmografía demasiado ignorada que sigue siendo un mundo por conocer.